10 octubre 2007

Spam forward

Que la tecnología evoluciona a pasos agigantados no es un descubrimiento de esta mañana. Que basta desconectar un par de meses para quedarse anticuada con respecto a los últimos avances, ni siquiera un secreto a voces. Pero que hay cosas cotidianas que escapan a ese progreso, también es el pan de cada día.

Spam Pongamos como ejemplo el caso del correo: quien más y quien menos, prácticamente todos hemos desterrado a anécdota de viaje o felicitación navideña las cartas tradicionales, que se van viendo progresivamente sustituidas en el día a día personal por su versión electrónica. Los programas que utilizamos para gestionar nuestra correspondencia incorporan muchas facilidades de las que no disponíamos físicamente: rápidas búsquedas automáticas por multitud de criterios, respuestas automáticas, reenvíos múltiples, citas textuales, clasificación automática en base a filtros personalizados, etc. Estos últimos se revelaron especialmente útiles con la proliferación del equivalente a la publicidad de folleto y esquina en forma de correo basura, comúnmente conocido como spam. Después de un mínimo entrenamiento, no hay colador bayesiano que no nos libere apropiadamente de propaganda de bancos keniatas, saldos de títulos universitarios, ofertas para modificar diferentes partes de nuestro cuerpo o el secreto de todos los misterios y placeres de alcoba.

Y aquí es cuando la vuelta al mundo no virtual nos da de bruces con la cruda realidad. Cuando, tras un largo día de trabajo, llegamos a casa y, aún en el portal, introducimos la pequeña llave en el buzón, para encontrarnos... ¡con todo el spam de nuestros vecinos! Los oscuros motivos que incitan a la señora del cuarto a regalarme ese panfleto que anuncia otra excursión a Fátima los desconozco. El irresistible impulso que lleva al joven del segundo a agasajarme con la dosis de autobombo que el fontanero imprimió en el salón de su casa, es un misterio para mí. El porqué del insistente interés del caballero del octavo en que tenga un duplicado de una carta de pizzas, no seré capaz de dilucidarlo. ¿Qué lleva a estas personas anónimas a pensar que si ellas no están interesadas en esa publicidad, que con ingeniosos ardides ha eludido desintegrarse a la intemperie, en el cajón al efecto situado en el exterior del portal, para colarse en cada uno de los buzones individuales, lo voy a estar yo? ¿Qué sucesión de impenetrables razonamientos desata la reacción de meter la basura en el compartimento ajeno, como si no se fuera a notar, como si se fuese a volatilizar? Intenten explicármelo, aunque tengo el pálpito de que nunca lo entenderé.

2 comentarios:

  1. Pues yo no te lo puedo explicar, pero he de confesar que más de una vez a la hora de recoger mi correo, normalmente cuando ya llevo alguna mano ocupado con bolsas o similares, he estado tentado de adoptar la rastrera estrategia de tus vecinos con la _luara_ de mi edificio...

    ... ni que decir tiene que aun no soy tan incivilizado y siempre he controlado el impulso, pero la tentación ha estado ahí :)

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  2. No te quejes, que te puedes sacar una pasta vendiendo el papel por kilos.

    Con la de propaganda que reparten en mi barrio el amazonas va a la deforestación en un par de años.

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