27 noviembre 2007

El día después del día después

No crean que, sólo porque no publiqué ningún mensaje al respecto, se me pasó por alto que el domingo fue el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer. Nada más lejos. Es más, pasé un buen rato pensando qué podía yo decir al respecto. Pero no se me ocurría nada. Pasé otro buen rato buscando una imagen que pudiera poner voz a ese silencio. Pero no encontré nada.

Entonces pensé que no importaba demasiado, ya que todas las televisiones, radios, periódicos, publicaciones y sitios web hablaban del tema ese día. Las concentraciones y gestos abrían los titulares, las convocatorias poblaban las portadas. Y pensé en dejarlo para el día siguiente, pues lo malo de este tipo de homenajes es que al día siguiente poco queda de los buenos propósitos enunciados durante el fragor de la reivindicación. El día siguiente era lunes, era la vuelta a la rutina, la vuelta a lo mismo de siempre.

Pero ayer me di cuenta de que no importaba el día en sí, ni siquiera el día siguiente. Por eso hoy, el día siguiente al día siguiente, un día como otro cualquiera, vengo aquí a poner un granito de arena por la eliminación de la violencia contra la mujer. Y la hago ni más ni menos que en forma de recomendación cultural, cinematográfica en concreto: 10 items or less (Dame diez razones). Esta película, magistralmente interpretada por una Paz Vega que irradia una tremenda personalidad y por el siempre genial Morgan Freeman, es un grito, un enfado, una frustración, una curiosidad, una sonrisa, un miedo, un sollozo, una alegría, un alivio y una determinación. Nada más y nada menos. Es una historia sin historia, un final sin final, una moraleja sin vocación de enseñar que transmite una verdad innegable. Es la primera piedra de un esfuerzo al cincuenta por ciento. Es una película que merece la pena, aunque sea sólo para reír. O para llorar. Eso sí, si es posible, véanla en versión original (en la versión en español Paz Vega no se dobla a sí misma y escuchar a Morgan Freeman canturreando Al pasar la barca... no tiene precio).

25 noviembre 2007

Trickle

A todos nos ha pasado alguna vez que, mientras navegamos por internet, de repente iniciamos alguna otra tarea que succiona todo nuestro ancho de banda, casi impidiendo que podamos compaginarla con cualquier otra, por simple que sea. Este suele ser el escenario habitual, por ejemplo, cuando iniciamos alguna descarga (ya sea directa, o utilizando programas P2P) y queremos seguir leyendo blogs o recibiendo nuestro correo electrónico. En teoría, algunas de las aplicaciones que utilizamos para descargar contenidos son capaces de autolimitarse, pero estos límites no siempre funcionan como deberían, pues en ocasiones se refieren al caudal de datos y no al de control, o cosas similares.

Cuando, hartos de esta situación, decidimos meter mano al asunto, comprendemos enseguida que las alternativas nos conducen en su mayoría a soluciones que sin duda pueden controlar perfectamente el problema, como la gestión de calidad de servicio (QoS, Quality of Service), pero que no se configuran en un par de clics ni con un par de comandos, como realmente nos gustaría. En este caso, no buscamos toda la potencia y flexibilidad de QoS, sino una herramienta sencilla y eficaz para uso puntual.

Pues bien, el otro día decidí dedicarle un poco de tiempo a la búsqueda de alternativas a QoS que estuviesen al alcance de cualquier usuario, independientemente de su nivel de conocimiento o índice de vaguitis. Y me topé con trickle. Trickle es un pequeño software que sirve para gestionar el consumo de ancho de banda en espacio de usuario, lo que quiere decir que cualquier usuario puede utilizarlo para limitar el ratio de subida o de bajada de los programas que lanza sin necesidad de permisos especiales ni de administración. Funciona en sistemas Linux/BSD/Solaris y usarlo es tan fácil como teclear:

# apt-get install trickle (como root)

$ trickle -d LIMITE_DE_BAJADA -u LIMITE_DE_SUBIDA <aplicación y sus argumentos>

La enorme facilidad de uso de trickle se combina con la atractiva posibilidad de emplearlo con cualquier aplicación: desde el propio apt hasta el Skype, pasando por un FTP o incluso nuestro navegador habitual. Eso sí, a diferencia de QoS, que puede garantizar un ancho de banda mínimo, trickle sirve sólo para establecer límites superiores a las descargas o a los uploads. Mas si ésta es precisamente vuestra necesidad, ¡disfrutad de esta sencilla utilidad!

22 noviembre 2007

Valioso anonimato

En estos mundos en los que vivimos, creo que el anonimato no está suficientemente valorado. La popularidad es un valor en sí mismo, con distintos sabores pero un mismo fondo, para muchos estratos de la sociedad, desde los adolescentes hasta los que ya peinan canas. Probablemente es bastante irónico que diga esto desde un sitio como una bitácora en internet, pero no se confundan. De las pocas personas que acaban aquí a golpe de clic de vez en cuando, la mayoría me conocen, o conocen a alguien que me conoce. Son, digámoslo así, el público fácil, se dejan querer. Son gentes que dejan sus simpáticos comentarios de vez en cuando, incluso polemizando y discutiendo, pero siempre demostrando esporádica y espontáneamente que están ahí, contribuyendo a que esta palestra tenga sentido. Mas si las estadísticas de Google Analytics no fallan, otros navegadores apuntan a este humilde sitio de cuando en vez. Son completos desconocidos, que llegan conducidos por algún buscador, guiados por el azar o arrastrados por el aburrimiento. Pocas veces comentan y seguro que casi nunca regresan. No suelen ser problemáticos y, cuando se dejan ver, el círculo del anonimato los rodea, igual que me rodea a mí, con una intersección vacía. Es parte de la magia de las relaciones sociales (si así pueden llamarse) en internet.

En la vida no virtual, también nos movemos desde que nacemos en el seno de diferentes círculos: nuestra familia, nuestros amigos, nuestro barrio, los lugares que frecuentamos, el sitio donde estudiamos o donde trabajamos. Nuestro anonimato en esos casos se diluye entre aquellos con quienes compartimos anécdotas del día a día, pero se hace patente con todos aquellos otros con los que nos cruzamos a diario camino al trabajo, de vuelta a casa, de compras... sin reparar en ellos ni ellos en nosotros. Multitud de caras desconocidas que pasan a nuestro lado un instante. Es parte de las relaciones sociales (si así pueden llamarse) cotidianas.

Lo peor viene cuando, ya sea en uno u otro ámbito, las cosas se descontrolan, cuando se nos escapan de las manos, cuando dejamos de comandarlas. Puede pasar en el primer caso cuando algún post nos traiciona y contamos más de lo que queríamos, o cuando alguien inesperado da con el que creíamos nuestro rincón secreto. Mas lo bueno de la no-realidad es que está siempre a un interruptor de distancia, a una tecla del adiós, a un return del olvido. El borrón y cuenta nueva nunca fue más fácil, aunque siempre igual de trágico. Lo malo es cuando eso ocurre en la otra realidad, la de verdad.

Y no se crean que es tan raro. Multitud de profesiones nos ponen en ojos de muchos y, por tanto, en boca de muchos más. Déjenme poner un ejemplo aleatorio... no, no nos vayamos a un presentador de telediario, ni al concursante del reality show de moda, ni siquiera al locutor de radio... pongamos por caso un profesor. Está claro que no todo el mundo vale. En mi opinión, es algo que requiere diferentes capacidades, desde la paciencia hasta el don de la improvisación, pasando por la habilidad de comunicar y comunicarse, o la destreza de trasmitir una idea, un mensaje, algo nuevo. En los diferentes círculos por los que he pasado a lo largo de mi vida, siempre hubo gente convencida de que yo poseía alguna o varias de esas capacidades. Cuando, al cabo de los años, llegué a pensar que podían tener algo de razón y que no me importaría probar, no se me ocurrió pensar en los efectos colaterales, y muchos menos que el más dramático de esos efectos colaterales tuviese que ver precisamente con el tema de este post.

Pues lo peor de ser profesor no es hablar delante de un aula llena de gente. Eso impone al principio, desde luego, pero poco a poco se va superando, a medida que pasa el tiempo. No es el miedo a que te pregunten algo que no sepas responder. Eso también se va superando, cuando te descubres contestando con convicción y soltura. No es la responsabilidad de hacer una buena labor. Eso se ve en el brillo de esos ojos que de repende comprenden.

Lo peor de ser profesor es que ir por la calle ya nunca vuelve a ser lo mismo. Paseas tranquilamente y alguien te mira. No sabes quién es, pero su mirada es insistente y además expresa claramente que te conoce, aunque tú no sepas quién es. Quizás hasta una media sonrisa te señala acusadora atormentándote porque sabes que tendrías que identificarla. ¡Es como haber perdido la memoria! El corazón se acelera ante la incertidumbre, que se confirma cuando, justo al pasar a tu lado, te saluda. Y en ese momento, sólo hay una décima de segundo para reaccionar. Una simple sonrisa, un gesto, una palabra, separan la fina línea que divide a un profesor afable de un soberbio papanatas que se cree más que los demás.

Pero no acaba todo ahí. Aún hay más. Todavía hay un peldaño más y yo lo he subido hoy. Es cuando pasas a ser tema de conversación... ¡el cotilleo! Una amiga me ha comentado jocosa que servidora y calvaris hemos sido hoy parte de la comidilla del día. ¡Ya está hecho! ¡¡Ya no hay vuelta atrás!! ¡¡¡No hay salvación!!!

16 noviembre 2007

Actualización de (K)Ubuntu Feisty Fawn a Gutsy Gibbon

Como ya conté por aquí en su momento, desde febrero del año pasado mi ordenador de sobremesa es un flamante KUbuntu. Desde entonces la vida ha transcurrido pacíficamente para ese equipo, que fundamentalmente me da servicio el fin de semana y para tareas esencialmente banales, como ver la tele, un capítulo de alguna serie, una película, estar conectada a los servicios de mensajería instantánea o echar un vistazo al correo electrónico. De vez en cuando cometo algún exceso y ripeo algún CD, convierto algún vídeo o grabo algún DVD. Incluso recuerdo haber editado unas pocas fotos antes de ir a revelarlas. Lo dicho, una existencia que muchos PCs quisieran para sí. Ningún susto ni sobresalto, ninguna amenaza en forma de virus o troyano, ningún exceso.

Además, siguiendo la política de actualizaciones de la familia Ubuntu, he ido poniendo al día tanto el sistema operativo como las versiones de los programas que tengo instaladas aproximadamente cada seis meses. Esto es, desde aquel 12 de febrero de 2006, en cuatro ocasiones: a la versión 6.06 (de junio de ese año), a la 6.10 (de octubre de 2006), a la 7.04 (de abril de este año) y la última a la 7.10 (del pasado mes de octubre). Y nunca hasta esta última vez había tenido ningún incidente. El problema con el que me encontré en esta ocasión, al actualizar de Feisty Fawn (apodo de la versión 7.04) a Gutsy Gibbon (apodo de la 7.10) resultó no ser nada del otro mundo, pero como tiene efectos un poco catastróficos (aunque fáciles de subsanar), dejo constancia de él aquí para quien pueda beneficiarse de este conocimiento.

De modo que, estimado usuario de (K)Ubuntu, si usted va a actualizar de Feisty Fawn 7.04 a Gutsy Gibbon 7.10, sírvase comprobar si tiene instalado el paquete evms y, en caso afirmativo, desinstálelo. De no hacerlo, una incompatibilidad no resuelta con ese paquete, que contiene un sistema de gestión de volúmenes, provocará que sus puntos de montaje no sean correctamente identificados con los dispositivos correspondientes, resultando en un arranque que no montará las particiones afectadas. Dependiendo del número e importancia de las mismas que tenga definidas en el fichero /etc/fstab, esto podrá tener una repercusión menor o nula, o por el contrario llegar a provocar que su (K)Ubuntu no arranque, al no encontrar la partición /usr; que no lo haga por completo correctamente, al fallar los servicios por no poder escribir en el /var ni leer su configuración del /etc; o que no se inicien las cuentas de usuario, al no localizar el /home.

Así que recuerde, antes de actualizar de (K)Ubuntu 7.04 a 7.10 (es decir, antes de actualizar de Feisty Fawn a Gutsy Gibbon), ¡ejecute apt-get remove evms y ahórrese problemas!

14 noviembre 2007

Linked-in o el día que Google me encontró a mí

La historia que hoy voy a contar es como esas películas que parecen tener dos tramas, en su inicio totalmente inconexas, pero que de repente el guión hace confluir en un punto, dando sentido al argumento. También puede verse como alguno de esos filmes de intriga, en los que nada parece tener lógica hasta que se descubre el dato que ayuda a encajar todas las piezas del puzle.

Como las fieles visitas de este blog recordarán, hace un año andaba yo por tierras estadounidenses. Más concretamente, acababa de llegar calvaris de visita a Houston, y nos entreteníamos probando todos los tópicos que se nos ocurrían. Poco después, viajaríamos a la costa oeste para visitar en Portland a unos antiguos compañeros suyos. Fue a raíz de aquella visita como conocimos la web Linked-in, yet another red social donde crear tu perfil, en este caso profesional, de cara a mejorar tus relaciones profesionales e incluso buscar empleo. Tanto calvaris como yo teníamos ya entonces bastante claro nuestras aspiraciones en ese terreno, pero igualmente respondimos a la invitación de alta. Y como suele pasar en este tipo de casos, la falta de uso hizo que nuestros correspondientes perfiles cayesen en el olvido hasta para nosotros mismos.

Transcurrieron varios meses. No sólo regresamos a casa, sino que pasaron las navidades, los carnavales, el segundo cuatrimestre al completo y llegó el verano. Y un día cualquiera de principios de julio, me encontré con un curioso correo electrónico en mi buzón. Lo remitía una persona que decía formar parte del European Recruiting Department... ni más ni menos que de Google. Me escribía para saber si estaba interesada en considerar las oportunidades que Google me podía ofrecer.

No sé lo que habríais pensado vosotros, pero yo lo juzgué directamente como spam. Arqueé las cejas, sonreí para mis adentros y lo comenté de manera jocosa en el messenger. Sin embargo, mi interlocutor (parrulo), en vez de colaborar en mi humorístico momento, me desveló que un conocido común había emigrado recientemente a tierras irlandesas llamado por la flauta mágica del gigante de Mountain View. Así que decidí responder. ¿Qué tenía que perder? ¿Dos minutos redactando una respuesta en inglés? Dicho y hecho. Dos días más tarde, la misma persona me pedía en su respuesta un número en el que contactarme para realizarme una entrevista telefónica. Para entonces, aunque aún excéptica, yo ya estaba, como mínimo, alucinando. ¿Cómo demonios había dado Google conmigo? ¿Y qué habían visto que les había parecido tan interesante? Los interrogantes se acumulaban en mi mente, que determinó que seguía suponiendo un ínfimo esfuerzo enviarle mi teléfono a esa persona como paso imprescindible para satisfacer mi enorme curiosidad.

Llegó el día de la entrevista y con sólo unos minutos de retraso sobre la hora concertada, mi móvil sonó. Al otro lado de la línea, una voz francesa puso algo más de identidad a quien, out of the blue, había conseguido ponerme en ascuas jornadas atrás. Los siguientes veinte minutos dieron para mucho: primero habló ella, luego hablé yo. Hubo muchas preguntas, por ambos lados, aunque más por el suyo, naturalmente. Le expliqué lo que hacía, a qué me dedicaba, en qué trabajaba y cuáles eran mis perspectivas a corto plazo. Ella me explicó que buscaban gente con titulación superior, me interrogó sobre cuestiones técnicas en las que reconoció no ser muy ducha, pero que eran su guía para clasificarme dentro de sus mecanismos de selección de personal. Jamás habría adivinado, ni lo hubiera creído si no me lo hubiese dicho directamente, que sus procesos de búsqueda incluían el estudio de los perfiles de Linked-in.

El resultado de la charla pareció satisfactorio, pues en su despedida me solicitó que le enviase más información concreta y alguna documentación. Así lo hice, y aproveché también para contactar con aquel conocido que ya era parte de la archiconocida empresa. Leyendo su experiencia podía intuir cuáles serían los siguientes pasos a los que me someterían. La sensación era extraña, pues de repente me había visto inmersa en un torbellino de acontecimientos que se desarrollaban a gran velocidad, y todo ello sin pedirlo ni buscarlo. No había tenido apenas tiempo de remitirle lo que me había pedido cuando ya tenía en mi buzón algunas ofertas concretas que involucraban estancias en los centros de Google en Londres y Zurich. Y mis datos fueron enviados a tres ingenieros jefe de tres secciones diferentes.

Fue entonces cuando me dije a mí misma que había llegado el momento de la verdad. Tenía que decidir cómo quería jugar en esta gymkhana a la que el azar me había apuntado. ¿Iba a dejarlo todo para salir corriendo detrás de lo que, indudablemente, era la posibilidad de una gran oportunidad? ¿Conseguiría mantener los pies en el suelo en mi diálogo con semejantes interlocutores? ¿Sería capaz de tener la cabeza fría y juzgar qué era lo que realmente quería, sin dejarme deslumbrar por la grandeza de un nombre? Eso intenté... y creo que lo conseguí. Pensé que los años que llevaba trabajando desde que terminé la carrera, primero para conseguir el DEA y después en pos de una tesis doctoral no debían caer en saco roto. No sentía la necesidad de cambiar de vida, sobre todo si ello significaba tirar por la borda todo aquello en lo que había estado enfrascada en los últimos tiempos. Siempre he sido del tipo de personas que terminan una cosa antes de pasar a otra.

Así que me la jugué. Cuando supe de nuevo de ellos, esta vez ya por boca de un recruiter interno, y me preguntaron por mis preferencias, no enseñé todas mis cartas. Mostré sólo las que me interesaban de cara a la tesis. Si había un hueco en Google estrictamente relacionado con ella, una estancia en cualquiera de sus centros sería un estupendo broche de oro. Si no lo había, no era el momento para mí. Semanas más tarde tuve la respuesta final. Por suerte o por desgracia, perdí. No había proyectos en sus oficinas europeas que se adaptasen a lo que yo había pedido.

La puerta, no obstante, quedó abierta. Si decidiese en el futuro cambiar de trabajo, podría contactar directamente con el "segundo nivel", según me pidieron que hiciera. No sé lo que me deparará el futuro a medio plazo, pero siempre está bien saber que tienes un pequeño acceso directo a un lugar como ese. Y si nunca lo necesito, además de alegrarme (porque significará que me sigue yendo bien donde estoy), al menos tendré esta anécdota para repetir a todo el que quiera oírla: que un día fue Google el que me buscó a mí.

11 noviembre 2007

Mujeres

No es la primera vez (ni será la última) que toco este tema. Pero no lo hago por repetirme, sino porque considero que es algo que merece atención. Y es que muchas veces el momento que vivimos nos ciega de ciertas cosas que aún nos rodean. Parece que hemos superado muchas cosas, pero otras perviven sin que nadie las note apenas. Es lo que ocurre con la desigualdad entre hombres y mujeres.

A cualquiera que se le pregunte por la calle, probablemente dirá que hoy en día una mujer puede tener la profesión que se le antoje. Que el sexo ya no es un impedimento para decidirse por una u otra carrera profesional. Que todos tendrán las mismas oportunidades y podrán llegar igual de lejos, sean hombres o mujeres. Que dependerá única y exclusivamente de su esfuerzo, tesón y entrega. Esto es lo que comúnmente denominamos teoría.

Enfrente de la teoría se sitúa la práctica, que podríamos considerar que son los hechos constatables, lo que observamos cuando decidimos inspeccionar nuestro entorno en busca de evidencias que apoyen o contradigan la teoría. Entonces, miramos en derredor y vemos que la presencia de las mujeres, efectivamente, se ha incrementado considerablemente en terrenos que antes les estaban prácticamente vedados. Tenemos doctoras de todo tipo, profesoras en todos los niveles de la educación, hasta empresarias que la prensa se encarga de sacar en portadas (internas) de vez en cuando para que todos nos congratulemos de que hoy en día las mujeres fundan y dirigen sus propias empresas.

Pero no es oro todo lo que reluce. Cortinas de humo nublan nuestros ojos para no ver que, si bien es cierto que hay dependientes masculinos y cajeros en el supermercado, esos sueldos aún los cobran mujeres en su mayoría. Verdad es que hay enfermeros, pero son casi tan anecdóticos como las mujeres que conducen un taxi. ¿Y creen que no hay profesiones en las que la presencia femenina es un mito? Piensen en todas las veces que han viajado en avión. Sí, les habrá atendido algún asistente de vuelo (o incluso sobrecargo) varón pero... ¿cuántas veces les ha hablado una comandante? A mí, que he cruzado el Atlántico dos veces y visitado más de media docena de países europeos, ninguna. ¿Casualidad?

Como persona amante de las ciencias, no puedo evitar pensar que sólo cuando la teoría se corresponda con la práctica podremos felicitarnos realmente. Para ello, lo que necesitamos no es sólo una sociedad que no mire raro a una niña que quiera ser bombero, que puede que ya la tengamos (aunque sólo "puede"). Sino una sociedad que ofrezca esa posibilidad con la misma normalidad que cualquier otra. No se trata de que los casos aislados dejen de sorprendernos, sino que nos llegue a sorprender que fuesen casos aislados en un tiempo pasado. Ojalá mis ojos puedan reconocer el presente como un tipo pasado que, indudablemente, no fue mejor.

10 noviembre 2007

Nacimientos

Como decía en mi anterior mensaje, una de las cosas más señaladas que han ocurrido en las últimas semanas tiene que ver con nacimientos. El primero de ellos tuvo lugar la noche antes de marcharnos a Chile, de suerte que tuvimos que esperar dos largas semanas para poder conocer al pequeño recién llegado. Él resultó ser una tierna personita más bien tranquila y dormilona, como muchos a su edad, pero en estas pocas semanas ya nos deleita con todo tipo de anécdotas aún sin ser consciente de ellas. Y es que el pobre cargará para siempre con la cruz de ser el primer bebé de una pareja perteneciente a nuestro círculo más cercano de amigos; es decir, que estará echado a perder antes de cumplir los dos años, os lo aseguro ^_^. Para calmar nuestras conciencias siempre podemos contarle que el mismo día que él finalmente nació (después de semanas de contenida impaciencia por salir a ver mundo), pero 538 años antes, tenía lugar la entrevista entre Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, en la que decidirían su matrimonio. Mucho después, en 1860, pero también un 11 de octubre, cruzaron las fronteras españolas los primeros 60 kg de uranio enriquecido para ser usados en investigación y experimentación, trayendo la era atómica a este lado de los Pirineos. Sólo un par de años más tarde, en esa misma fecha, el Papa Juan XXIII inauguraba el Concilio Vaticano II. Y curiosamente, apenas hace 17 años, en 1990, España firmaba su adhesión a la Carta Mundial de los Derechos del Niño (de hecho, recuerdo perfectamente cómo ese año dedicamos múltiples actividades en el colegio a ese hecho... y hasta nos regalaron una "Constitución de los niños", que aún tengo en casa, ni más ni menos que un librito que explicaba esos derechos en lenguaje infantil y lleno de dibujitos...). Quién sabe, con toda esta información, quizás después de malcriarlo consigamos que se convierta en un erudito, o quizás en escritor, como Alberto Vázquez de Figueroa, con quien comparte efeméride.

Mas no creáis que sólo de este lado del charco ha habido alumbramientos. Poco después de nuestro regreso, hace once días, nació el hijo que dos de mis anfitriones en Houston estaban esperando. En este caso hubo que convencer al retoño (que ha sido también un varón, cerrando el trío de machotes que se inició el pasado 9 de septiembre) de que acá afuera no se está tan mal (o algo así), porque llevaba ya algunos días haciéndose el remolón desde que su mamá había salido de cuentas. Quién sabe, a lo mejor a este angelote de piel morena y ojos rasgados alguien le contó que tal día como el de su nacimiento, 69 años antes, las radios estadounidenses radiaban La guerra de los mundos, el famoso relato de H.G. Wells que desataría el pánico en varias ciudades, y no las tenía todas consigo a la hora de abandonar el claustro materno. Sin embargo, habrá de saber que el 30 de octubre es un día lleno de aniversarios históricos en este rinconcito de la vieja Europa. No en vano 194 años antes de que él naciese, pero en la misma fecha, la capitulación de las tropas francesas ponía fin a la Guerra de la Independencia española. Mucho más recientemente, en 1975, el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón asumía la Jefatura del Estado por enfermedad del dictador Francisco Franco, que moriría poco después. Pero bueno, probablemente le hará más ilusión saber que comparte cumpleaños con Maradona... o se la haría si el fútbol no fuese un deporte minoritario en EE.UU. Sea como sea, sólo se librará de nuestras carantoñas porque nos separan varios miles de kilómetros.

Y como no hay dos sin tres, he de anunciar al mundo un último nacimiento, aunque en este caso sea virtual. Se trata del blog de Míriam, que se ha incorporado recientemente a este grupo de chalados que intentamos escapar del mundanal ruido y poner en orden nuestras ideas compartiendo con el mundo entero trocitos de nuestra vida y nuestros pensamientos. ¡Bienvenida sea ella también!

09 noviembre 2007

De vuelta al viejo continente

Terminada la crónica del viaje a Chile, lo poco que quedaba de sensación de vacaciones se esfuma rápidamente, a pesar de los festivos y puentes de los que hemos disfrutado desde el regreso. Para el recuerdo quedan, sin embargo, las mejores fotos que he seleccionado, como siempre a disposición de quien quiera verlas.

El regreso a la rutina ha provocado de todo menos aburrimiento, pues estos días están siendo de lo más movidito: nacimientos, anécdotas personales y profesionales, recomendaciones, comentarios a noticias de actualidad... y sobre todo trabajo, mucho trabajo. El material se me acumula para lo que serán los próximos posts, pero que no cunda la desesperanza, llegarán...