26 febrero 2008

Autónoma

Para hacer honor a la verdad, hay que dar al César lo que es del César. Y es que algunos crían fama y se hechan a dormir, mientras otros la matan a la chita callando. Veréis.

Hoy me han dado no sólo la clave para poder conectarme a la red de la universidad, y por ende a Internet desde la facultad, sino también la llave del despacho que ocupo y la tarjeta que abre las puertas del edificio. Bueno, no sé si todas, pero sí al menos las que necesito usar: la de la planta baja para entrar. La de la cuarta planta para entrar. La de la cuarta planta si quiero pasar al ala donde está el despacho de Thomas. La de la cuarta planta para volver a mi despacho. La de la cuarta planta para bajar a comer. La de la planta baja para salir... Supongo que no es necesario que prosiga. La verdad, es fácil comprender que es un alivio para mí disponer de la tarjetita de marras, pues de lo contrario necesitaba siempre a alguien pendiente de mí en todo momento, so pena de quedarme encerrada dentro de algún sitio del que no poder salir... ni entrar. ¡Qué obsesión con el acceso! Tanto control no lo había visto, y ya es irónico, ni en Texas.

Por lo demás, hoy han vuelto las lluvias (se ve que el sol de ayer era sólo una cortesía de bienvenida), pero aquí a la gente le da igual. ¿Os imagináis que en Galicia no usásemos paraguas? Pues aquí prácticamente nadie los lleva. No sé si es porque están acostumbrados más a que nieve que a que llueva, o simplemente porque les da igual. Entiendo que no es práctico ir con ellos en la bici, pero a los viandantes tampoco parece preocuparles que caigan chuzos de punta, lleven por lo menos un gorro o no lo lleven. Dicen que donde fueres, haz lo que vieres, pero ¡casi prefiero no pillar una pulmonía!

No hay comentarios:

Publicar un comentario