27 abril 2008

Una verdad incómoda (An inconvenient truth)

Todo el que no haya visto este documental, debería hacerlo. Independientemente de la postura que mantengamos contra el supuestamente controvertido tema del cambio climático (que de controvertido tiene exactamente lo mismo que el teorema de Pitágoras), es una hora y media que merece la pena. Para los escépticos, porque es una compilación de hechos y datos que, en el mejor de los casos, les harán plantearse algunas cosas. Para los convencidos, porque la brutalidad de algunas imágenes puede recordarnos que no vale simplemente con reconocer el problema. No es suficiente con decir "Sí, es verdad, el cambio climático existe, está aquí, se está produciendo a una velocidad inusitada, con unas consecuencias dramáticas que ya son visibles, y todo gracias a nosotros". Es imprescindible recordarlo día a día y recordárselo a quienes nos rodean. Apoyar con nuestros actos, costumbres y hábitos las convicciones de nuestra mente. Por todo ello, si aún no lo habéis hecho, por favor, merece la pena que lo veáis.

If you haven't watched this film, you should definitely do. No matter your opinion about the so-called controversial climate change (which, of course, is as controversial as Pythagoras theorem), this is an hour and a half documentary absolutely worth seeing. For the esceptical ones, because it is a plain fact and data compilation that, in best case scenario, will make you think about some things twice. For the rest of us, because some of the impressive images it shows will remind us that acknowledging the problem is not enough. Thinking "Well, it is true, climate change exists, it is happening right now, its drastic consecuences are already here, and it is all because of us" it is not enough. We have to remember every day, and remember everybody else around us. We need to back our thoughts not only with our words, but with facts: change the way we live in an effective, sustainable way. Thus, if you haven't yet, please, please, do watch this.

Parte 1 (de 10)


Parte 2 (de 10)


Parte 3 (de 10)


Parte 4 (de 10)


Parte 5 (de 10)


Parte 6 (de 10)


Parte 7 (de 10)


Parte 8 (de 10)


Parte 9 (de 10)


Parte 10 (de 10)

24 abril 2008

La independencia (I): exploración y búsqueda

Dentro y fuera de nuestras fronteras, los españolitos tenemos fama de hacernos los remolones a la hora de abandonar el nido familiar. Que si el precio de la vivienda (aún queda mucha burbuja por pinchar), que si los sueldos mileuristas, que si los interminables estudios universitarios, que si la simple y llana comodidad... Pero la sabiduría popular también dice que tarde o temprano todo llega, que hay cosas de las que por mucho que las retrasemos no podemos escapar, y a las que en algún momento tenemos que enfrentarnos.

Tengo que reconocer que desde mis años de supuestamente rebelde adolescencia, siempre estuve convencida de iniciaría mi propio camino mucho antes de lo que finalmente lo he hecho. No había ninguna razón en especial para tal convencimiento, o tal vez sí... aunque fundamentalmente creo que se trataba de la asunción de un riesgo calculado, supuestamente minimizado en función de la edad estimada a la que emprender el proceso, a la hora de tomar las riendas de todos los aspectos de una vida adulta. Con el tiempo, y precisamente como parte de ese proceso de madurar y crecer, me di cuenta de que ni siquiera algo como convertirse en rectora de la propia existencia depende enteramente de una misma. Sea como fuere, el momento llegó hace cosa de un mes. Por supuesto, hay que decir que no fue una cosa repentina, sino tan largamente planificada como esperada, y aún así, las prisas siempre se las apañan para hacer acto de presencia al final.

El proceso había comenzado tiempo atrás, con la búsqueda del lugar idóneo, habida cuenta de que la compañía ya estaba determinada. Como cualquier hijo de vecino, recorrimos inmobiliarias a la búsqueda de alguna opción que no significase dedicar un sueldo íntegro, que no exigiese estar previamente en posesión de una cantidad de dinero con cuatro ceros, o que no supusiese la aventura de adivinar cuándo se desconcharía la pared, cuántos años tenía el papel de la pared o cuántos aparatos se podrían enchufar antes de que la instalación eléctrica dijese basta. No buscábamos lujos, ni una localización exquisita. Sólo un sitio para vivir que pudiésemos pagar. Aprendimos entonces la primera lección: en el mundo inmobiliario, hay que estar en todas partes y ser el más rápido. Sólo explorando a fondo el mercado, visitando una, otra y otra oficina, es posible realmente comparar y ser capaz de distinguir las opciones interesantes para ti de las opciones interesantes para el que se sienta del otro lado del escritorio. Y sólo siendo el más rápido es posible, después de haberlas identificado y valorado, echarles el guante antes de que otro se adelante.

Por supuesto, llegar a la conclusión anterior nos llevó largos meses, durante los que atravesamos por todas las etapas posibles: impasibilidad, agobio, ilusión, desencanto,... Jugábamos con una carta a nuestro favor, no obstante, y era que no había una urgencia real empujándonos, con lo cual pudimos ser lo bastante serenos como para no tirarnos al primer pozo, ni al segundo. Afortunadamente, cuando el tercero llegó, ya estábamos suficientemente rodados como para diagnosticarlo como de la profundidad adecuada, no demasiado húmedo, de aguas claras y, sobre todo, potables. Así que allá nos fuimos. Sólo entonces empezó la verdadera vorágine: papeles y más papeles, permisos, solicitudes, formularios, peticiones, señas, contratos,... Probablemente habría habido una manera más sencilla de pasar por todo eso, que habría sido coger el boli y firmar donde te señalan. Pero qué le vamos a hacer si nos enseñaron a leer siempre la letra pequeña, si ya estamos acostumbrados a repasar el BOE y el DOGA de arriba a abajo, y si queremos saber si podemos optar a ayudas y subvenciones, para poder aprovecharlas. Será deformación profesional. La guinda, por supuesto, el banco. Es increíble cómo únicamente la fecha de nacimiento determina tan fuertemente la actitud de estas entidades para con el cliente. Al menos no les importa si eres mujer u hombre. Si tienes menos de 35, eres un analfabeto financiero, creerás a pies juntillas todo lo que te digamos, y firmarás y contratarás tantas cuentas y tarjetas como nosotros te indiquemos, sin rechistar (amén). Menos mal que años de lidiar con administraciones públicas a diferentes niveles otorgan suficiente experiencia burocrática y sobradas toneladas de paciencia y perseverancia. Jóvenes sí, pero autosuficientes también.

Así, por fin llegó el día en el que nos vimos con las llaves en nuestro poder... ¡qué ilusión! Teníamos entonces ante nosotros un piso... vacío. Ahorraré los aburridos detalles de las largas jornadas limpiándolo a conciencia. De cómo lo fuimos haciendo habitable poco a poco, hablaré próximamente.

21 abril 2008

La estupidez o el día que usaron Google para encontrarme

Es posible que el título de esta entrada tenga un regusto familiar. Estaba pensada para ser un mensaje complementario a aquél titulado "Linked-in o el día que Google me encontró a mí". De hecho, la escribí poco después, aunque nunca llegué a publicarla, y se quedó engrosando la larga lista de borradores que conservo, ingenuos párrafos esperanzados que aguardan algún día ver la luz. Hoy, sin embargo, las casualidades de la vida, esas que a cada instante nos golpean, me la han traído a la memoria.

"Me han demandado. Como si de una ridícula novela rosa se tratase, la realidad (que, como sabemos, siempre supera a la ficción) es ésa. Soy parte demandada en el proceso de divorcio que mi padre ha iniciado contra mi madre. Y ustedes dirán: ¿y qué pintas tú como demandada en un proceso de divorcio? Según la verborrea legal que inunda los casi treinta folios que he tenido que ir a recoger al juzgado... "por si acaso": para que no pueda alegar indefensión si las consecuencias del proceso me perjudican de algún modo.
En todo caso, al margen de hacerme sentir un poco americana (gentes estas para las que pleitear es la cosa más normal del mundo), la demanda en sí no justifica este mensaje. Soy consciente; paciencia. Hay que reconocer que el legajo de papelotes informantes impresiona. Está todo lleno de sellos oficiales, estampas y firmas. Y como no podía ser de otro modo, está redactado de esa manera como sólo la gente de letras es capaz de expresarse, ese estilo peculiar que parece buscado sólo para que los demás mortales no se enteren de la película. Al menos, hasta que te paras a leer y te das cuenta de que son todo florituras y palabros pseudoformales con más pretensiones que significado. Con todo, aún no he llegado a la parte más interesante.
Y es que por si fuera poco, más de la mitad de la documentación es culpa mía. Bueno, mía y de Google, a cada uno lo que le toca. Porque a la demanda acompaña la documentación entregada por la parte demandante, que en lo que a mí atañe resultó ser ni más ni menos que mi curriculum sacado de la caché de Google. Efectivamente, como lo leen. Mi curriculum, colgado en mi página web profesional, al alcance de una simple búsqueda basada en mi nombre y apellidos. Gentes avispadas, seguro que estudiaron en las mejores universidades... pero debió ser un cursillo de verano porque... ¡la caché de Google! ¿Qué clase de seriedad transmite un papel, por muchos sellos que tenga sobreimpresos, cuando reza:
Esta es la versión html del archivo http://www.xxxxxxxxx.xxx/xxxxxx/xxxxxxxxx/curriculum.pdf.gz.
Google genera automáticamente versiones html de los documentos mientras explora la web.
Para vincularse a esta página o para marcarla, utilice el siguiente url:
http://www.google.com/search?q=cache:xXXXxxXXXXxX:...

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y así durante las casi 20 hojas del currículum, en el formato normalizado del Ministerio de Ciencia y Tecnlogía? No contesten, ya lo hago yo: ninguna X'-D. ¡Por dios, que sólo tenían que hacer clic en el enlace que les proporcionaba y haber bajado el PDF original! X'-D Sigan, sigan, riéndose... espero que se rían tan largo rato como lo hice yo :-D."

Hoy, sólo cuatro días después de que, precisamente, se haya celebrado la vista del juicio, ha llegado a mi conocimiento que mi currículum ha sido de nuevo encontrado y será utilizado en cierta reclamación administrativa que podría perjudicarme. Hay quien, ante esta situación, pensaría que el destino quiere decirme algo y suprimiría el manido enlace al socorrido currículum que tan bien parece venir a quien menos me lo espero. Mas nada tengo que ocultar, ¿no es cierto? Así que sólo me queda confiar en que esta vez, al menos, la reclamación no lleve la marca de la más famosa caché.