17 junio 2008

Problemática lingüística

Hace tiempo que quería publicar una entrada sobre este tema. Quizás lo propio habría sido hacerlo en una fecha con algún tipo de significado, pero pensándolo mejor creo que un día cualquiera es tan bueno como cualquier otro.

Digamos que con "problemática lingüística" quiero referirme a las polémicas y controversias (ya auténticas, ya instigadas) que de un modo un tanto cíclico y con variaciones en su nivel de virulencia salpican la actualidad de nuestro día a día, referentes a la interacción y convivencia del castellano y las lenguas cooficiales. Vaya por delante que lo que sigue no es ni un análisis objetivo del tema ni una exposición de soluciones infalibles, sino simple y llanamente, mi experiencia personal y mi opinión.

Quienes me conocen saben que, pese a ser de ascendencia gallega, nací y crecí en un pueblecito allá por el centro de la península, de esos desde los que, se mire en la dirección donde se mire, la vista no alcanza el horizonte. No obstante, desde que tengo memoria, todos los años huíamos del sofocante verano de la meseta, en un viaje de seiscientos quilómetros hacia el noroeste. No sabría decir con exactitud cuándo me di cuenta de que había entre ambos lugares elementos diferenciadores que iban más allá de los verdes campos y de la empanada, o características intrínsecas a la gente más allá de la forma de ganarse la vida o de disfrutar de su tiempo libre. Probablemente fue el primer día de clase, un mes de septiembre a finales de los ochenta, cuando la profesora nos preguntaba, como cada inicio de curso, qué habíamos hecho en las vacaciones. Casi todos los niños y niñas éramos hijos de modestas familias trabajadoras, significando ello que prácticamente ninguna de ellas era autóctona y que sus procedencias apuntaban a cuantos lugares de la geografía española una pueda enumerar. Ese año, la profesora nos debió juzgar ya suficientemente mayores como para no dar por bueno un simple "He estado en la playa" o "He ido a casa de mis abuelos", y nos preguntó por esas cosas especiales de los diferentes sitios en los que cada uno había estado. Recuerdo claramente lo que sentí cuando me tocó el turno y no supe qué decir: fue vergüenza. Los demás habían bailado sardanas y jotas, chapurreado alguna palabra que jamás había oído, hablado de gazpachos y pescaditos fritos... La puntilla la puso un compañero de padres ourensanos a quien se le dio por sacarme del aprieto arrancándose con una muiñeira.

Uno de los motivos, probablemente el más importante, por los que he tratado siempre de ser aplicada desde pequeña, sin que mediase castigo o recompensa, es sencillamente el sentimiento de bochorno, sonrojo y rubor que me provoca el ser consciente de poder/deber saber algo y no hacerlo. Es como si fuese consciente, a un nivel casi subconsciente, del tremendo valor que reside en el conocimiento, que a todos nos iguala, que no depende de nuestra talla, nuestro sexo o nuestra condición social. Ese curso aprendimos las comunidades autónomas, y descubrí que no sólo se hablaba castellano en ellas, sino que había algunas en las que sus habitantes tenían otros idiomas, igual que los franceses hablaban francés, italiano los italianos y los ingleses ese inglés que habíamos empezado a balbucear dos horas por semana. Y aunque nunca me atreví a preguntarlo, me parecía algo cuando menos extraño estudiar un idioma que se hablaba en otro país y no uno con el que acudía a encontrarme verano tras verano. Entendía que había muchas cosas importantes que aprender: matemáticas, ciencias naturales, ciencias sociales... pero ¿por qué había grupos de kárate o de ballet después de clase, y sin embargo no había posibilidad de estudiar gallego, euskera o catalán?

A raíz de lo que aprendí aquel año, empecé a darme cuenta de que mis padres hablaban de otra manera cuando sonaba el teléfono llamando desde la vieja Galicia. Que las conversaciones de los mayores en la larga sobremesa de las fiestas de verano poco tenían en común a cómo se dirigían, ya no sólo a mí, sino a todos mis primos en general. No podía entonces saber que la diglosia era quien separaba, implacable, un nuevo par de generaciones. Tiempo más tarde los devenires de la vida nos trajeron de vuelta a las tierras de Rosalía, donde ya sí pude estudiar no sólo el idioma, sino su literatura. Sin embargo, el daño ya estaba hecho: a pesar de que sí lo hago con mis alumnos en clase, hablar en gallego con mi madre, aun siendo para ella su lengua materna, sería para ambas tan extraño como hacerlo en inglés.

Mas el problema no es sólo intergeneracional. Vivir el 100% del tiempo en gallego, en Galicia, es sencillamente imposible, lo veo en segunda persona: ya no se trata sólo de que un Xabier sea la gran mayoría de las veces tratado como Javier, o de que la normativa de normalización se transgreda en ocasiones desde la propia administración. Se trata de que no te entiendan si pides algo tan simple e inocente como "flocos de millo", o de que directamente te pregunten si "non entendes" si pides un formulario en gallego... Y hay quien se empeña en insistir en que la gente no habla gallego porque no quiere, o porque el destino o quizás un ser superior ha decidido que es una lengua destinada a morir. Los mismos que se sienten manifiestamente ofendidos por iniciativas destinadas a corregir una situación injusta (que probablemente tampoco entenderían el concepto y finalidad de la mal llamada "discriminación positiva").

No puedo evitar echar la vista atrás y pensar lo sencillo que se veía todo a través de mis ojos de niña: si son todas lenguas que se hablan en mi país, ¿por qué no las estudiamos? Si me aprendo todas las provincias, con sus montes y sus ríos, sus golfos y sus cabos, ¿no es más importante si cabe saber cómo hablan allí, ser capaz de comunicarme con todos los habitantes de mi misma nacionalidad? ¿No debería ser eso más prioritario que ser capaz de hablar con gentes de otros países? ¿No sería, al menos, más útil para mucha más gente? ¿No nos uniría a todos, en lugar de diferenciarnos? ¿No nos enriquecería, no nos haría valorar mejor aún nuestra heterogénea cultura? ¿No nos haría, incluso, mejores personas?

7 comentarios:

  1. A mí el poder hablar inglés me ha sido muy positivo: además de haber podido charlar con mucha gente con quien no tenía otro modo de comunicarme, me ha servido para conocer a Mayu y para conseguir dos trabajos interesantes y bien pagados.

    Fusiládeme se queredes, pero o galego nunca foi moi útil para min. Tiven que aprendelo de cativo cando os meus pais viñeron a Galicia e sempre estiven a preguntarme para qué carallo me serve unha lingua que sólo falan tres millóns de persoas.

    Esta noite vou cear cun finés, un holandés e un americano. Evidentemente imos falar en inglés porque e a única língua que temos en común.

    El gallego, sin embargo, me temo que no me ha servido para comunicarme con nadie con quien no pudiese haber hablado bien o mal en español. No veo justificado el esfuerzo de haberlo aprendido. Más me hubiera valido haber pasado el tiempo aprendiendo otros idiomas "de gentes lejanas", que al fin de cuentas son quienes más pueden enriquecer mi vida dándome a conocer otras culturas muy diferentes a la mía.

    Tras pasar un par de años viviendo en otras partes del mundo y hablando con gente de países variados, las supuestas diferencias culturales que hay dentro de la península ibérica me parecen mayormente ficticias. Tenerlas permanentemente en el foco de las noticias sirve principalmente para tener a la población distraída de los problemas reales: vivienda, empleo, educación, sanidad y corrupción.

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  2. Nadie va a fusilar a nadie, y menos por exponer una opinión tranquila y sosegadamente :-). Sin embargo, déjame que ponga algunos puntos sobre las íes que esbozas.

    Creo que el argumento de los tres millones de personas es, además de relativo, bastante peligroso. Relativo porque si pensamos en toda la gente que hemos conocido a lo largo de nuestras vidas (en el barrio, el colegio, el instituto...), es muy probable que el porcentaje de gente que acaba estudiando en la universidad, haciendo un doctorado, trabajando en el extranjero, etc. sea bastante menos significativo con respecto al conjunto de gente que, acabada la secundaria ahora obligatoria, apenas se moverá de su círculo geográfico y social unos cientos de kilómetros a la redonda. Con esa perspectiva en mente, sigo pensando que los idiomas más próximos tienen un valor intrínseco que se les niega al 100%. Ojo, no estoy proclamando en ningún momento que el inglés no sea útil o que su docencia tenga que ser substituida por la del gallego, el catalán o el euskera, ni mucho menos. No hablo de eliminar, hablo de añadir. No hablo de restar, hablo de sumar.

    Además de la relatividad del argumento, medir en cifras absolutas la utilidad o conveniencia de algo tiene tintes muy delicados. No sólo por la cuestión evidente de quién le pone el cascabel al gato a la hora de elegir la cifra límite a partir de la cual consideramos que algo merece la pena o no, sino por el erróneo concepto que supone, desde mi punto de vista, considerar que lo que no es "útil" para la mayoría no merece consideración alguna. Escribo "útil" entre comillas porque, si me permitís recurrir al conocido dicho, el saber no ocupa lugar y nadie ha muerto de sobredosis de cultura. Además, restringir el pensamiento a la mayoría, sin otorgar voz y voto a todos proporcionalmente, condena al ostracismo a todas las minorías, algo muy poco deseable si aspiramos a crear una sociedad cabal y equilibrada.

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  3. Creo que tienes parte de razón pero no estoy de acuerdo con la premisa en general de que "el saber no ocupa lugar".

    Los humanos viven poco tiempo. Por esto y por el coste de la enseñanza hay un número limitado de horas que puedes dedicar a aprender en el colegio/instituto/universidad.

    En la práctica lo que esto significa es que se establecen unas prioridades y se decide qué es lo mas importante que deben aprender los niños y adolescentes durante su formación. Por alguna razón que no comprendo se decidió que aprender economía doméstica y cocina era menos importante que aprender cuentos de hadas (indoctrinamiento católico). Como dijo el sabio griego Anónimo: No reces en mi escuela y yo no pensaré en tu iglesia.

    Bueno, que se me va la pinza más de la cuenta. Se entiende lo que quiero decir: no se pueden meter prácticamente más horas en la escuela, sino que hay que elegir qué es importante y qué no lo es.

    Dicho esto admito que enseñar las lenguas locales tiene cierto sentido. Como bien dices la mayoría de la gente no sale de su comunidad autónoma. ¡Pero a mí me tocó mucho los güevos estudiar gallego!

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  4. De acuerdo en que el saber cuesta tiempo y dinero. Totalmente de acuerdo en que cuesta comprender las razones por las que hemos aprendido de memoria los versos de Espronceda (con todo el respeto a su velero bergantín y sus doscientos cañones) y no principios de economía básica (aunque ojo, en mi instituto sí había clase de "hogar" donde enseñaban a hacer croquetas y san jacobos X-D). Imposible estar más de acuerdo con respecto al proselitismo católico.

    Con un ritmo y un estatus de vida que empujan a los trabajadores a largas jornadas laborales que les impiden una apropiada conciliación familiar, sería interesante que no sólo los alumnos de colegios de pago pudieran rellenar horas de la tarde con clases de danza del vientre o capoeira, sino que cualquiera tuviese al alcance de la mano este otro tipo de útiles enseñanzas, ¿por qué no?

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  5. Rigel, por comentarios coma ese de que me "toca los huevos aprender gallego" é polo que nacionalistas tranquilos que o único que queren é vivir no seu idioma e na súa cultura, se tornar radicais e tenden a desexar a independencia, simplemente porque a min tampouco "me gusta que me toquen os huevos os de fóra" :-)

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  6. Me parece pintoresco el argumento de que un "moderado" se vuelve radical cuando alguien le lleva la contraria.

    La intolerancia sólo se manifiesta cuando se dan las condiciones adecuadas; es decir, cuando se oye lo que no se quiere oir.

    Si una persona verdaderamente tiene una visión moderada sobre cierto asunto, entonces no le hervirá la sangre cuando oiga a otro dar una opinión contraria a la suya.

    Hay una cita de Pío Baroja que reza "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando". También conozco otro proverbio similar: "Quien nunca ha viajado piensa que su madre es la mejor cocinera del mundo".

    Por si te quedan dudas de si soy un españolista facha, rancio, retrógrado y franquista: España y el español me la traen igual de floja que el Galicia y el gallego. Las luchas entre hermanos de distintas regiones que se ven en España me repugna y me entristece.

    Allá donde voy con quien me llevo mejor es siempre con otros emigrantes sin patria. Gente que lleva fuera de su cuna el suficiente tiempo para haberse dado cuenta de lo absurdas que son las fronteras y lo poco que se diferencian las gentes de uno u otro lugar.

    Pero bueno, mejor lo dejo no sea que radicalice más a algún moderado nacionalista que lea este blog.

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