24 septiembre 2008

Ese maravilloso país, Canadá

No podía resistirme a titular esta entrada cuasi-parafraseando a Homer Simpson, a pesar de que en los dos días que llevo aquí no he tenido tiempo para salir del hotel y contrastar realmente la veracidad de tal afirmación. A pesar de ello, eso no significa que no tenga anécdotas que contar.

Como podrá deducirse de mis palabras, el pasado lunes mi viaje a la costa oeste de Canadá por fin se completó satisfactoriamente. De Vigo volé al aeródromo Charles de Gaulle, concretamente a la moderna terminal 2G (abierta el invierno pasado), y de allí a la terminal 2E/2F, también reconstruida muy recientemente. En esta última supuestamente había un punto con wifi gratis, aunque no pude comprobar si funcionaba, pues en pocos minutos empezaba ya el embarque de mi vuelo trasatlántico... ¡en un Boeing de dos pisos! Definitivamente, el bicho más grande en el que me he subido, mayor incluso que en el que viajé a Houston.

La verdad es que, entre unas cosas y otras, el trayecto no se me hizo largo para nada. Eso sí, estuve un buen rato entretenida repasando en la prensa internacional visiones de todos los colores sobre las últimas actuaciones del gobierno estadounidense en relación con la crisis económica. Aunque eso es tema para un post diferente. El caso es que cuando me quise dar cuenta estaba pasando la aduana canadiense, en un procedimiento que resultó fundamentalmente idéntico al que pasé cuando llegué a USA hace exactamente dos años: revisión de pasaporte, declaración de enseres y productos, entrevista en la aduana, recogida de equipaje, et voilà! Salí de la terminal 3 para tomar el impresionante monorraíl del aeropuerto de Toronto que lleva hasta la terminal 1.

Allí tuve una espera de varias horas, amablemente amenizada por mi dulce reencuentro con el Pumpkin Spice Latte que Starbucks tiene la incomprensible política de sólo ofrecer en este continente. Por fin me subí al último avión de la jornada, que duraba ya más de 20 horas y a la que le faltaban otras 5. Al sentarme en mi butaca y levantar la vista sólo pude pensar "Chapeau!" para AirCanada, y no porque me hubiese contagiado del bilingüismo (al menos escrito) local, sino porque en el respaldo del asiento que tenía delante no sólo había una pantalla táctil individual, sino un conector USB (por ejemplo, para poder reproducir tu propia música o cargar tu gadget USB favorito) además de un conector de corriente. En cualquier caso, en vez de chafallar en el portátil sin temor a quedarme sin batería, me dispuse a ver un par de las películas que ofrecían bajo demanda (pero bajo demanda real, no como las películas bajo demanda que se ofrecen en otras compañías, en las que la reproducción empieza a intervalos predeterminados, de manera que puede tocarte esperar hasta 15 minutos antes de que la elección dé comienzo). Con todo, la película más real es siempre la que vive una misma, y en esta ocasión no pudo ser más cierto porque hasta entonces sólo en la gran pantalla había escuchado eso de "Señores pasajeros, tenemos un viajero que se encuentra indispuesto, si hay algún médico a bordo le agradecemos se desplace a la zona de los lavabos, muchas gracias". Afortunadamente, se trataba sólo de una señora mayor a la que le había sobrevenido un vahído de camino al servicio, probablemente por una bajada de tensión o similar, que la tuvo un rato tendida en el suelo, bajo el solícito cuidado del personal de a bordo y la supervisión de un pasajero que se identificó como profesional sanitario (para alivio de un chico que viajaba en la hilera delante de la mía, que preguntó a la azafata si podía hacer algo, dado que él era estudiante de medicina).

Por fin aterrizamos en Victoria, en un aeropuerto chiquitito pero precioso. Dicen que la vista al llegar es también digna de mención, pero ya había caído la noche cuando llegamos así que no pude comprobarlo. Una maleta, dieciocho dólares canadienses y media hora más tarde, estaba por fin en el hotel. No puedo evitar dejar constancia de que lo primero que una se encuentra de camino a la ciudad es una gasolienera Shell y un McDonalds. Esto nos haría dudar de si nos hemos equivocado de país... si no fuese porque las señales de tráfico indican los límites en km/h (con la etiqueta "km/h" explícitamente indicada, no vaya a ser que algún vecino despistado se desboque...) y que escriben centre en vez de center, para compensar.

El resto, una conferencia con intervenciones realmente interesantes, de la que de veras lamento haberme perdido el primer día. Mañana, día libre que aprovecharé para turistear un poco; el viernes, congreso de usuarios comerciales de la programación funcional, y el sábado mi presentación en el Erlang Workshop. ¡A ver qué me preguntan!

21 septiembre 2008

Vigo

Hay una cosa de la que no me siento orgullosa. Es más, que me produce hasta cierto punto un grado de incomodidad. Y es que, últimamente, con tanto viajar, viajar, viajar y viajar (aunque sea casi siempre por motivos laborales) podría decir que conozco más ciudades extranjeras que lugares mucho más próximos a mí. Por irónico que sea, es algo que le ocurre a mucha gente. Viajamos y visitamos monumentos, museos, exposiciones... pero muchas veces no ponemos el pie en los que están en nuestra propia urbe durante muchos años (concretamente, suele ser hasta que aparece alguna visita foránea a la que tenemos que precisamente servir de guía).

El contratiempo que me ha retenido en esta ciudad durante el fin de semana me ha permitido, pues, tranquilizar mi ánimo a ese respecto brindándome la oportunidad de pasearme por las calles de la mayor ciudad gallega. No es que sea la primera vez que estoy aquí, pero sí la primera que la he recorrido completamente en modo turista.

Rozando los trescientos mil habitantes, Vigo tiene algo más de aspecto de "gran ciudad" de lo que puede tener A Coruña, por ejemplo, a pesar de aventajarla en apenas cincuenta mil censados. Como era domingo, muchas sus anchas calles y avenidas estaban bastante desiertas. Con todo, he tenido ocasión de dar un buen paseo por los lugares más emblemáticos y, como es habitual, una selección de instantáneas está ya en Flickr.

Y para ver si a la segunda va la vencida, ¡deseadme suerte en el viaje de mañana!

20 septiembre 2008

Vuelo cancelado

Esto me pasa por hablar. Si es que ya se sabe que no hay que cantar victoria hasta el final, pero yo no lo hice así y Murphy me ha jugado una mala pasada. Bueno, en realidad, ha debido ser uno de sus aprendices, pues si hubiera sido él en persona no me habría regalado un fin de semana a gastos pagados en la ciudad olívica.

Menos mal que me había aprendido bien la teoría. Así por lo menos cuando esta mañana tempranito, después de estar esperando más de una hora y media desde la hora de embarque inicialmente programada, nos han confirmado que el vuelo de las 6:45 a París se cancelaba, tenía bastantes claras mis opciones. Supongo que después del accidente que se produjo hace hoy justo un mes en Barajas nadie quiere correr el más mínimo riesgo. No digo que no fuese así antes, pero ahora es inevitable, porque está en la mente de todos. Lo que empezó siendo, según el personal en tierra, "un piloto que no se enciende", progresó más tarde a "una pieza que el mecánico dice que se puede reemplazar", para finalmente culminar en la anulación del vuelo y las consecuencias que de ello se derivaron.

Para quienes simplemente viajaban a la ciudad del Sena, el remedio llegó rápido. Había otro vuelo con el mismo destino pasado el mediodía, y avisado el aeropuerto de donde procedería la aeronave, enviaron una más grande para dar cabida a los reenganchados. El problema es que poca gente coge un vuelo un sábado tan temprano con París, nudo de las comunicaciones aéreas intercontinentales, como último destino. De modo que la cola de los desafortunados que esperábamos nos reprogramasen nuestros viajes ante la oficina de AirFrance fue considerable. Pese a lo intempestivo de la hora (o quizás precisamente gracias a eso), no hubo protestas ni altercados. Todos los pasajeros esperamos pacientemente, la mayoría con la tranquilidad de saber que lo tempranero del inconveniente contribuiría a su fácil solución poniendo a su disposición otros enlaces, algunos sospechando que el arreglo no iba a ser tan fácil. Éste era mi caso, pues la propia agencia de viajes había hecho piruetas para encontrar la combinación que había perdido, y mis presagios se confirmaron cuando me tocó el turno, dos horas más tarde. Imposible de enlazar con el último vuelo del día de la compañía (y aliados) a Canadá, también resultaron infructuosos los esfuerzos por encontrar una ruta con destino Victoria para mañana domingo. De modo que el lunes, con suerte, realizaré exactamente la misma ruta que tenía planificada para hoy, y espero llegar finalmente a mi destino. Entretanto, tal y como establece el reglamento europeo sobre los derechos de los pasajeros, AirFrance se ha hecho cargo de mí durante estos dos días, proporcionándome transporte en taxi y alojamiento en régimen de pensión completa en el hotel Zénit, en plena Gran Vía (y que como podéis deducir, tiene conexión WiFi gratuita ;-)).

Pendiente queda el tema de la compensación económica que, como la solución de transporte a la que hemos llegado me llevará a mi destino con más de dos horas de retraso sobre el plan inicial, y dado que se trata de un viaje extracomunitario de más de 3500km, se cifra en mi caso en su valor máximo, 600€. Todo ello por perderme el primer día del ICFP, que comienza el mismo lunes, y al que no llegaré a tiempo... ¡menos mal que mi presentación en el Erlang Workshop no es hasta el próximo sábado!

18 septiembre 2008

¡Victoria! (Canadá)

Casi completando el círculo de lo que sin duda está siendo uno de mis años más viajeros (sólo seguido de cerca por el 2004, cuando estuve en Inglaterra, Francia y Alemania en poco más de cinco meses), el sábado despego de Peinador camino a Victoria. Canadá se unirá así a la lista de hasta cuatro países diferentes que habré pisado este año, con Suecia (a donde repetiré antes de que finalice el año), Turquía y Grecia.

El motivo es, una vez más, el deber, que esta vez me llama a asistir al ICFP, una de las conferencias más reconocidas (si no la que más) en el terreno de la programación funcional. Alrededor de ella, además, se organizan siempre toda una serie de pequeños eventos satélites no carentes de interés, como pueden ser, por ejemplo, el Erlang Workshop, o el Congreso de Usuarios Comerciales de Programación Funcional (CUFP).

En fin, que me espera un largo viaje (del que por experiencia previa en viajes al otro lado del Atlántico, tras una buena noche de sueño, es fácil recuperarse), una semana completita (en la que espero poder hacer una escapadita a la ciudad al menos un día) y un más largo viaje de vuelta (tras el que el jet-lag sí se hará notar...). ¡Les mantendré informados!

15 septiembre 2008

Hellas

Después de haber estado en Grecia este verano y de que parrulo hubiese cantado al mundo sus maravillas, estaba claro que no iba a pasar demasiado tiempo hasta que probásemos el restaurante griego de Coruña, el Hellas.

Lo peor de este restaurante es su ubicación, pues prácticamente escondido al final de un estrecho callejón sin salida, es más que probable que pasase completamente inadvertido de no ser por el cartel que sacan a la acera para hacer saber a los transeúntes que si se aventuran por él no se arrepentirán. Lo malo es que cierra los domingos y los lunes. Lo menos malo es que lo que allí se puede degustar no es tan barato como en la propia Grecia... pero el resto, es todo bueno o mejor aún.

Como todo lo que probamos en tierras helénicas nos había encantado, resultó difícil decidirnos por la que ya estábamos predispuestos a considerar la primera elección de lo que sería una lista de sucesivas visitas. Así que después de dudar y dudar, al final elegimos entrantes a base de pan pita con salsa tsatsiki (ineludibles) y unas sorprendentes croquetas de yogur y hierbas; musakás como plato principal, y baclabas de postre. Aunque no apostaría a que el camarero, tremendamente amable y atento, sea de ascendencia helena (de elegir algún parentesco por la zona, antes me decantaría por turco o chipriota), hay que reconocer que los platos (cuyos nombres en la carta se hallan escritos fonéticamente) se ganan a pulso la consideración de los más próximos a sus autóctonos de todas las variantes de comida étnica que una pueda probar en la ciudad herculina. De acuerdo con que la proximidad geográfica probablemente favorece que esto sea así en detrimento de la cocina hindú, mexicana o japonesa, pero no está de más reseñarlo. Las únicas (mínimas) diferencias que notamos fueron que la base de la moussaka estaba hecha a base de puré de patata (en lugar de con patata cocida dispuesta en rodajas) y que el baklavas nos lo sirvieron acompañado de yogur en vez de helado (que quizás parece más apropiado para contrastar con el dulce caliente).

En definitiva, no nos quedará más remedio (vaya desgracia...) que regresar y seguir confirmando que el resto de platos (el sublaki, sin ir más lejos) mantienen las expectativas a la altura O:-).