19 octubre 2008

Dilema moral: ¿cuán ético eres? (9a entrega)

El post de ayer me ha hecho darme cuenta de cuánto tiempo ha pasado ya desde la última entrega de la serie de entradas que, algunos domingos, estaban destinadas a compartir reflexiones sobre distintos temas íntimamente relacionados con la moral y la ética. En ellos, aunque no han sido muchos, ya habían aparecido temas de debate habitual, como el aborto o la eutanasia, otros de cariz más genérico, como la tolerancia, la libertad de expresión y la democracia, y algunos casos concretos que exploraban nuestras reacciones ante diferentes escenarios hipotéticos.

Hoy quiero recuperar esta serie con una nueva propuesta, al hilo de mis reflexiones sobre nuestras ideas, motivaciones y metas, y las de nuestros semejantes. Según el filósofo racionalista holandés Spinoza, los valores personales son en realidad productos creados por el hombre, invenciones humanas poco menos que arbitrarias. Dicho de otro modo, en la vida, aquéllo que buscamos, que nos mueve o en lo que creemos, no es una elección nuestra basada en la bondad del propio objetivo, método o pensamiento, sino que nos convencemos a nosotros mismos de que es bueno porque es en lo que creemos, porque es nuestra manera de hacer las cosas, porque es nuestro propósito.

Por supuesto, esta fue una de sus afirmaciones más polémicas y, desde entonces, muchos pensadores han afirmado exactamente lo contrario: que no juzgamos que algo es bueno porque lo perseguimos, nos motiva o creemos en ello, sino que sostenemos, nos impulsamos o buscamos aquéllo que juzgamos que es lo correcto.

¿Y tú, cuál crees que es tu caso? ¿Te has parado a pensar alguna vez si te guías por aquéllo que consideras adecuado, o si simplemente crees que tus principios son los adecuados porque son los que tú persigues?

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