13 octubre 2008

Välkommen till Göteborg II

Pues aquí estoy, apenas ocho meses después, de nuevo en Gotemburgo. Es extraño, porque es la primera vez que repito destino en uno de estos viajes, y la familiaridad con todo lo que me rodea convierte la experiencia en algo totalmente diferente.

La mañana se despertó en A Coruña con el paisaje cubierto por un espeso manto de niebla, haciendo augurar lo peor: la más que probable posibilidad de que los primeros trayectos del día fuesen desviados a Santiago de Compostela (con el consiguiente "erótico resultado" que de ello se podía derivar). Sin embargo, la suerte decidió ponerse de mi lado porque, aunque efectivamente los pasajeros del vuelo de las seis y media fueron conducidos a la capital gallega en autobús, no ocurrió lo mismo con el avión que yo tenía que tomar media hora más tarde. El piloto nos advirtió, tras el saludo matutino de rigor, que realizaríamos un despegue en condiciones de baja visibilidad, pero apenas unos minutos después dejábamos tras nosotros, sin problemas, la fantasmagórica estampa de bruma y penumbra. Para que luego digan que a quien madruga...

Una de las cosas que más me gusta de volar, especialmente cuando el cielo está cubierto, es la peculiar sensación que no puedo evitar sentir cuando el avión, conmigo en su interior, emerge de entre las nubes como si de un enorme cetáceo se tratase, saliendo a la superficie espumosa del mar para llenar sus pulmones. Igual que una ballena, el pájaro de metal deja atrás las profundidades que oculta el vapor de agua, y se adentra en unos dominios que son sólo suyos, donde siempre brilla el sol. Entonces parece en verdad un pájaro, un albatros, que planea majestuoso sobre las olas, completamente blancas aquí, pero que se me antojan igual de tangibles, por mucho que mi mente me diga que no tienen la textura de algodón con que mis ojos las perciben. Hoy el espectáculo ha sido igualmente grandioso, jirones de niebla desgarrada cubriendo los valles aún sumidos en la oscuridad nocturna, mientras desde mi privilegiada situación ya podía vislumbrar el amanecer, allá a lo lejos, sobre la línea del horizonte.

Tal estampa no se podía ver empañada, de modo que las escalas se fueron sucediendo en enlaces rápidos y puntuales, de suerte que a las tres de la tarde aterrizaba en tierras suecas. Se habría dicho que hasta mi maleta quería estar a la altura de las circunstancias, pues apenas tuve que esperar para verla aparecer sobre la cinta transportadora. Y al salir de la zona de recogida de equipajes, una cara ya familiar esperándome, un trayecto por una carretera que ya he recorrido antes -aunque en esta ocasión los árboles no están desnudos, sino vestidos con sus mejores galas de otoño-. Ya entrando en la ciudad, las calles conocidas, los ojos escudriñando cambios, la mente comprobando el mapa mental que conservaba en el recuerdo. Todo sigue igual.

La residencia también es la misma; no quien me atiende, pero sí sus explicaciones. Y la habitación, casi idéntica, es prácticamente contigua a la de la vez anterior. Mientras deshago la maleta, pensando en el supermercado al que iré a comprar y la esquina exacta donde está el cajero en el que sacaré dinero, es casi (salvando las obvias distancias) como si estuviera en una segunda casa...

2 comentarios:

  1. Jesús, ¿pero qué te han dado de comer en el avión? Deberías de escribir una novela o algo :P

    ¡Feliz y productiva estancia!

    P.S.: Hay un rumble-rumble en el ambiente muy desconcertante... Igual nos vemos antes de lo que crees... y hasta aquí puedo leer. xD

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  2. X-D ¡Gracias, gracias!

    P.S. Con respecto a tu P.S.... :-??!

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