18 noviembre 2008

Incómoda anécdota en el autobús

Hoy he pasado probablemente uno de los momentos más incómodamente absurdos de toda mi vida. Con algo de perspectiva, no deja de ser una anécdota sin importancia, pero desde pequeña no puedo evitar sentir una rabia casi incontrolable cada vez que alguien, quien sea, duda de mí. Como no he sufrido ningún accidente que involucre rayos gamma, dicha rabia suele derivar rápidamente en decepción (si considero que la dubitativa persona debería conocerme lo suficiente como para no haber dudado) o en frustración (en caso contrario).

La dubitativa persona que protagoniza esta historia es una revisora de la compañía encargada de los transportes en la ciudad de Göteborg, Västtrafik. El sistema de pago, tanto en autobuses como en tranvías, confía en que el usuario abonará el viaje. Los conductores no cobran, de manera que antes de subir hay que estar en posesión de algún tipo de billete o bono, que se valida en las máquinas al efecto situadas en el interior del vehículo. Pero como quiera que ni en este paraíso nórdico la confianza puede ser ciega, de cuando en cuando revisores suben en una parada al azar, comprueban que los pasajeros lleven un ticket validado consigo, y bajan en la siguiente para proseguir con su ronda de inspecciones aleatorias.

Pues bien, los hechos que nos ocupan se desenvolvieron tal y como sigue: hoy por la tarde, de vuelta a la residencia, como cada día, me subí en el autobús por su puerta delantera. Se trataba, en concreto, de un autobús doble, de éstos con dos módulos unidos por un acordeón. Sin que yo me percatase de ello (y por lo visto después, ellos tampoco), dos revisores subieron inmediatamente detrás de mí. A la caza de un sitio libre, me dirigí hacia la parte de atrás y me senté. Empecé a rebuscar en el bolso para localizar el bono, de suerte que cuando lo encontré y levanté la vista, me topé con una sonriente revisora, esperando pacientemente a que le entregase el billete. Fue en ese preciso momento en el que reparé en que, en ese autobús, no había máquinas de validar billetes en el fondo, sino sólo en la cabecera, justo detrás del asiento del conductor.

De modo que, ete aquí que me encuentro con un billete sin validar en la mano y una revisora ante mí esperando a que se lo entregue. Por supuesto, con el objeto de no resultar ruda ni grosera, le di el bono, procediendo seguidamente a explicarle que estaba sin validar porque acababa de subirme al bus y que, por tanto, debía volver a la parte delantera para sellarlo en la máquina correspondiente. Tras unos segundos durante los que la mujer examinó las estampaciones previas (que se correspondían a esa misma mañana y al día de ayer, aproximadamente a la misma hora de la mañana y de la tarde, como es lógico y se corresponde con mi rutina diaria), irguió su vista hacia mí y me espetó un seco:

- Este billete está sin validar.
[Suspiro]
- Sí, ya le digo, acabo de subirme al bus y aún no he validado el billete en la máquina, tengo que ir allí a hacerlo.

Más silencio y más segundos. La mujer mira mi billete, me mira a mí, mira al billete de nuevo. En ese momento ya tengo claro que algo no funciona en su cabeza, por alguna razón que no alcanzo a comprender mi inglés no debe ser lo suficientemente bueno como para trasladarle una realidad tan simple: ¡que no me ha dado tiempo! En su propio mundo, sin embargo, la revisora cree haber dado con alguien intentando engañar al sistema, intentando eludir el pago, intentando evadir sus responsabilidades cívicas. A medida que transcurren más segundos comienzo a preguntarme si será capaz de intentar multarme, a pesar de que (o precisamente porque) tiene mi billete en su mano. Por fin, me mira de nuevo y esta vez pregunta:

- Where do you come from?

Tan estupefacta como patidifusa alcanzo a contestar:

-From Spain, do you want to see my passport?

en lugar de un merecido:

-What the hell does that matter?

Pero para entonces la mujer ha recuperado su dinamismo y mientras yo aún no salgo de mi asombro ella, con su ceja izquierda arqueada, me devuelve el bono y me señala la máquina:

-Tienes que pulsar el dos (el viaje de un adulto vale dos créditos)

Muchas gracias, señora revisora, como este bono está sin usar y claramente no lo he utilizado correctamente tantas veces como aparece marcado en su reverso, con sus días, sus horas y su tarifa correspondiente... En serio, ¿qué ha pasado por las neuronas de esta persona? ¡Por favor!

Para cuando fui hasta la máquina, estampé el billete y regresé a mi asiento, la pareja de revisores había abandonado el autobús.

Nota: No, los suecos no suben todos ellos al transporte público con sus bonos preparados en la mano, muchos también rebuscan en sus bolsos y bolsillos hasta encontrarlo y lo validan ¡minutos después! de haberse subido. Incluso hay quien ¡misteriorsamente! no valida nada desde que se sube hasta que se baja, pero no seré yo quien juzgue por qué... quizás algún día se topen con la revisora de la ceja arqueada y acierten a explicárselo a ella.

2 comentarios:

  1. Hola, jajajajaja, tu anecdota me recuerda a un viaje a Almeria que hicimos mis amigas y yo. El caso es que una se apunto en el ultimo momento y tuvimos que comprarle el billete a parte. Asi que cuando llegamos a la estacion le dimos el que creiamos su billete, y se sento en la otra punta del tren, que era donde le correspondia. Cuando el revisor paso, le pide el billete y le dice,...
    Usted vuelve el 14?
    Y ella....super rallada....si, si el martes es 14 si...
    mmmmm y va a Dos Hermanas,
    y ella si, me acabo de montar...
    Entonces va el revisor y le dice, a ella y a medio vagon, este no es su sitio y estos billetes son los dos de vuelta.
    Imaginate todo el vagon mirando y ella como una desesperada llamandonos por telefono. Finalmente el revisor llego a nuestro vagon y le enseñamos el billete de nuestra amiga, fue gracioso :D:D
    Saludos

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  2. X-D Estoy segura de que prácticamente todo el mundo tiene una historieta similar, ya sea personal o de algún amigo cercano. Al final son cosas de ésas que después te ríes, pero en el momento lo pasas fatal. La única cosa buena de lo sosainas que son estos escandinavos es que ni curiosidad tienen, oye. Creo que, de los pocos pasajeros que había, ni uno sólo se inmutó ni nos dirigió una simple mirada: ellos a lo suyo, sus iPods, sus periódicos gratuitos, sus libros...

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