31 enero 2009

¿Es Correos incompatible contigo?

Esta semana me ha ocurrido algo que no me había pasado antes. El jueves llegué a mi casa y, en el portal (tirado) había un aviso de Correos (que probablemente había sido introducido por debajo de la puerta). Era uno de esos avisos que normalmente te dejan en el buzón cuando recibes correspondencia certificada, indicándote el momento en que intentaron entregártela, si pasarán de nuevo (que nunca es el caso) o, en su defecto, dónde puedes ir a recogerla y en qué horario.

Este aviso, sin embargo, rezaba:

"No me abren el portal. Los vecinos de los siguientes pisos pueden recoger su correo en la dirección indicada en el reverso."

Y a continuación, un listado de más de una docena de viviendas. La hora consignada, las 12:50 de la mañana.

En este punto, conviene indicar que el portero automático que tenemos en mi edificio es de ese tipo de portero que se ha vuelto omnipresente en las nuevas construcciones. No sé si se trata de una nueva moda o si hay alguna reglamentación que los imponga, pero se diría que se trata de un portero antiespías (o, más propiamente quizás, anticotillas): si levantas el telefonillo en tu casa sin que nadie haya llamado a tu piso, no oyes nada; si llamas a varios pisos, sólo el último podrá levantar el telefonillo y responderte. Supongo que ya adivinan por dónde van mis tiros. Efectivamente, no es la primera vez que estoy en casa y suena el timbre del portero automático en la entrada, pero para cuando llego allí y respondo ya no puedo oír porque quienquiera que esté llamando ya ha pulsado el botón de otro piso.

No voy a divagar aquí sobre cuántos segundos debería (o podría) el sufrido funcionario de Correos esperar a que le respondan antes de intentarlo con otra vivienda. Tampoco sobre las posibilidades de que en el portal de un edificio donde potencialmente viven 36 familias realmente nadie abra el portal al cartero a la una de la tarde. Voy a ir más allá.

¿Es tan rara una vecinanza compuesta fundamentalmente por parejas en las que ambos miembros trabajan? ¿No tienen esas personas el mismo derecho a recibir el servicio de Correos en sus domicilios? ¿Por qué no se intenta el reparto al día siguiente? La respuesta a esta última pregunta me la dieron en la propia oficina cuando me personé a recoger mis cartas. "Es que si el cartero las llevase al día siguiente, no podría con todas." Y gratis, también me ofrecieron la solución: "Tendrán que ponerse de acuerdo para ver cómo le abren."

...

Quizás antes, cuando el cartero llevaba los sobres y paquetes en su zurrón, la acumulación de correspondencia sin entregar podría suponer un problema. Hoy, ninguno los lleva si no es por lo menos en un carrito como los de la compra, eso cuando no van motorizados (en ciclomotor o incluso furgoneta). ¿"No podría con todas"? No nos engañemos doblemente, el volumen de repartos que Correos nos hace llegar es cada vez más exiguo. Vamos, que no me creo nada.

Y sea como fuere, aún me queda un cartucho en la recámara. ¿Por qué no se hace el reparto a una hora más acorde con la realidad sociológica? Yo podría abrir al cartero prácticamente cualquier día si viniese entre las siete y media y las nueve de la mañana. O, alternativamente, a partir de las siete y media de la tarde. ¡Cuántas jornadas laborales no empiezan a las seis de la mañana, o se extienden hasta las nueve de la noche! Pero paradójicamente, parece que somos los ciudadanos, con nuestras obligaciones, los que hacemos el trabajo difícil a los empleados de Correos... ¿tendremos también que reservar una parte de nuestro sueldo para resucitar la añeja figura del portero/sereno, sólo para poder recibir nuestras cartas? ¿O simplemente resignarnos a que Correos no sea compatible con nuestro modo de vida?

23 enero 2009

Comparativa de servicios online

Desde hace algún tiempo sigo con regularidad un interesante blog titulado Ahorro Diario. De hecho, alguna de mis últimas entradas ha sido inspirada directamente por artículos publicados en esa web, que se esfuerza en darnos pistas de cómo ser más económicos en nuestro día a día (algo que, en los tiempos que corren, probablemente vendrá bien a más de uno). El sábado pasado, sin ir más lejos, me enteré gracias a sus autores de que Gas Natural ofrece a los clientes que se den de alta en el sistema de factura electrónica un 15% de descuento sobre el término fijo de sus recibos bimensuales.

Son varios los servicios que utilizo regularmente que ofrecen la comodidad (y ahorro, económico y ecológico) de recibir justificantes, facturas, recibos y demás por correo electrónico, o bien que envían un email para avisar de que los mismos están disponibles para su descarga en PDF. Si no recuerdo mal, el primero de ellos fue Caixa Galicia. A través del sistema Caixa Activa, extractos, notificaciones, domiciliaciones... todo ello está disponible para su cómoda consulta y descarga online. En más de tres años de uso, no he tenido ninguna queja del sistema, ni siquiera anecdótico, como me había pasado hace tiempo con el BSCH y su famoso BIPGEO. Ahora ya no soy cliente de ese banco, pero sí de Citibank, cuya web para la gestión de sus tarjetas de crédito es mucho más sencilla e insegura que la de Caixa Activa, pero también potencialmente mucho más inofensiva con respecto al tipo de operaciones que en ella se pueden ordenar.

Mi anterior operador de telefonía móvil, Orange, también ofreció llegado un momento el servicio de factura electrónica, aunque en este caso sí se le encontraban algunas pegas. Para empezar, el sistema era totalmente disjunto del resto de su web, de manera que era inevitable necesitar dos pares de usuario y contraseña: uno para acceder a las facturas y otro para el resto. Lo peor, sin embargo, era la falta de compatibilidad del sitio con navegadores distintos de Internet Explorer. La queja que les envié al respecto no fue jamás contestada.

El operador gallego R, quien ahora aglutina mis servicios de internet, teléfono (tanto fijo como móvil) y televisión, marca, como es habitual, un máximo en la escala comparativa. No en vano los clientes en posesión de un certificado de usuario de la FNMT no necesitan crear yet another usuario y contraseña (en contraste con el caso anterior), sino que además se les ofrece una interfaz sencilla y amigable que funciona en todos los navegadores que he podido probar. La única pega, un tanto incomprensible además, es que siguen enviando correspondencia en papel al domicilio, a pesar de que jamás he detectado un problema con las facturas que se pueden revisar y descargar de la web de clientes.

Así pues, y a raíz del mencionado post en Ahorro Diario, esta semana me decidí a explorar el resto de servicios para los que aún no había dado el salto a la versión electrónica, a saber: el suministro de gas (contratado con Gas Natural), el de agua (a cargo de Emalcsa) y el de luz (de Unión Fenosa). Empezaré por el agua únicamente porque su evaluación fue tan rápida como llegar, registrarse y quedarse con cara de tonta. Y es que la web de esta compañía coruñesa incluye únicamente enlaces sin salida a su inexistente oficina online. Pese a que el registro de usuarios existe (y se recibe un correo electrónico asignando una contraseña), no intenten identificarse después. El servicio aún no está disponible, permanece en construcción (vamos, que están "trabajando en ellouu" [sic]).

El portal de Gas Natural es otro cantar. Al menos, visualmente: con un aspecto mucho más moderno y atractivo, el área de usuario estructurada en agradables pestañas, todo parece perfecto hasta que se intentan descargar las facturas. Lo que primero se detecta es el brevísimo intervalo de tiempo necesario para que caduque la sesión, forzándonos a teclear usuario y contraseña una y otra vez. Esto podría quedarse en simple anécdota, de no ser por los graves problemas de compatibilidad del sistema de visualización y descarga de los recibos en PDF, que únicamente funcionan bien en Internet Explorer (y no un Internet Explorer cualquiera, sino el obsoleto Internet Explorer 5, según la propia web recomienda cuando surge algún fallo). Finalmente, el portal sufre con toda probabilidad fallos estructurales que lo hacen ser extremadamente lento en ocasiones, hasta el punto de que el servicio queda explícitamente inutilizable (y te sugieren volver más tarde), y fallos de funcionamiento que simplemente impiden la generación de los PDFs e inhabilitan durante días el acceso a las facturas. Llámenme tiquismiquis, pero después de sufrir ese calvario, un 15% se me antoja un pobre incentivo para seguir pasando por tal suplicio.

Después de las frustantes dos experiencias previas, me dispuse a probar el último servicio online, en este caso el de Unión Fenosa, con muy pocas expectativas. Por suerte, me llevé una grata sorpresa al comprobar que, lejos de cualquier alarde estético, el área de clientes de la eléctrica es totalmente funcional, usable y ágil. Quizás no se hayan esmerado en su presentación, pero toda la funcionalidad necesaria esta ahí, independientemente del sistema operativo y el navegador que se emplee, lo cual es mucho más de lo que los dos contraejemplos previos podrían alegar.

Por lo tanto, el siguiente es mi ranking en base a la usabilidad/funcionalidad/fiabilidad de los servicios online que utilizo habitualmente:

  • Caixa Galicia, en una clara muestra de que ser los primeros no siempre significa haberlo hecho todo apresurada y descuidadamente.
  • R, sólo en segundo lugar porque, con respecto al anterior, echo de menos poder configurar avisos por correo electrónico.
  • Unión Fenosa y Citibank que, sin grandes alardes, ofrecen lo justo y necesario.
  • Emalcsa, el clásico ejemplo de que "virtual" a veces significa exactamente eso.
  • Gas Natural, porque en ocasiones es mejor no hacer nada, que hacerlo tan rematadamente mal.

17 enero 2009

Siendo Nostradamus por un minuto

Michel de Nôtre-Dame, comúnmente conocido como Nostradamus, fue un médico francés del siglo XVI, famoso hasta nuestros días por sus inevitablemente controvertidas profecías. Siempre interpretados a posteriori, sus escritos cabalísticos supuestamente hablan de acontecimientos que van desde la muerte del rey Enrique II hasta la independencia de los EE.UU.

Mucho menos esotérica y bastante más acertada ha resultado ser la imaginación de Julio Verne, otro francés que, hace un par de siglos, describió un gran submarino o un viaje a la luna, entre otras cosas.

A mucha menor escala y sin tanta trascendencia, todos jugamos de vez en cuando a ser un poco Nostradamus o Verne, pensando cómo serán las cosas dentro de un buen puñado de años, cuando irónicamente ya no estemos aquí para verlo. Personalmente, tengo un par de apuestas:

  • Al igual que hemos olvidado ya que hace años los caballeros vestían sus camisas debidamente amildonadas, estoy convencida que el propio planchado pasará a ser una actividad del pasado. Cada vez son más las prendas de todo tipo que no precisan someterse a tal tarea, y en el camino hacia la igualdad y la conciliación de la vida familiar y laboral, la 'moda' deberá seguir demostrando no estar reñida con la comodidad y la funcionalidad.
  • Otra de las cosas que ha progresado notablemente es la atención al paciente, y seguirá haciéndolo. En tiempos en los que se puede hasta pedir cita para el médico de cabecera por internet, me tarda el momento en que, por ejemplo, en la consulta del dentista, el sufridor que ocupa el butacón reclinable disponga de elementos para distraerse mientras el odontólogo investiga su cavidad bucal. Poder, digamos, escuchar su música favorita, no sólo contribuirá a su relajación, sino que liberará al profesional del tedio de mantener esas absurdas conversaciones que sólo generan es frustración en el interlocutor no puede articular palabra.

Vale, ninguna de ellas es demasiado aventurada. Pero en vez de criticar, ¿tienen los lectores alguna predicción propia?

16 enero 2009

Leyenda urbana sobre las bombillas

Siguiendo la estela del post en el que hace algunas semanas compartía un mito en relación a los azucarillos, hoy quiero contribuir a echar por tierra otro bulo, probablemente más extendido y bastante menos trivial. Se trata de esa afirmación que todos hemos oído alguna vez en referencia a la conveniencia o no de apagar la luz cuando abandonamos una habitación, en términos de ahorro energético.

Todos hemos escuchado en algún momento eso de que apagar cierto tipo de luces (en especial, los tubos fluorescentes) para volverlas a encender al cabo de poco tiempo supone un mayor gasto que dejarlas encendidas. La justificación de esta aseveración recaería en el coste que tiene el propio encendido, supuestamente mucho mayor que el correspondiente consumo durante determinado tiempo de funcionamiento. Pues bien, por si a alguien le queda alguna duda sobre la prácticamente nula veracidad de tal leyenda, le recomiendo que vea el siguiente vídeo:

Lo que se pone de relevancia en el experimento realizado por el equipo de Cazadores de Mitos es, en resumen, que, por norma general, siempre es más eficiente, energéticamente hablando, apagar la luz cuando abandonamos una habitación ya que, si bien es cierto que todos los tipos de bombillas tienen un pico de consumo al encenderse, la duración de dicho pico es despreciable y por ello casi nunca superior al consumo durante unos minutos (¡ni siquiera segundos!) de funcionamiento. Incluso en el caso de los tubos fluorescentes, donde el tiempo de "compensación" puede aproximarse al medio minuto, raras ocasiones en la vida real justificarán no apagarlo al marcharnos y volverlo a encender cuando regresemos.

¡No más excusas baratas, pues, para dejarse la luz encendida!

Esta leyenda urbana ha sido desmentida también en Tu Planet, Curioso pero Inútil y otros blogs personales.

15 enero 2009

¡Deja de intentar robarme el e-mail!

Todos aquéllos que tengáis una cuenta de correo electrónico en Google Mail, que utilicéis de manera habitual y más o menos "seria" como cuenta personal, es más que probable que tengáis una dirección del estilo nombre.apellido@gmail.com. O quizás no, porque no hayáis sido suficientemente afortunados como para ser la primera persona con vuestro mismo nombre y vuestro mismo primer apellido en registrarse una cuenta de correo de Google. Puede pasar. Cuando eso ocurre, o bien seleccionamos alguna de las sugerencias que se nos ofrecen como alternativa o lo intentamos con otra combinación, un alias... Al menos, eso es lo que hace la gente normal.

Sin embargo, alguien cuyo nombre coincide con el mío y que comparte mi primer apellido no debe entrar dentro de esa categoría. Supe de su existencia hace bastante tiempo, más de un año diría. Fue a raíz de uno de esos correos "recordatorio de contraseña" que apareció en mi buzón sin que yo lo hubiera solicitado. Aunque me chocó recibirlo, la primera vez no le di mayor importancia. Sin embargo, seguí recibiéndolos, en una clara muestra de que alguien intentaba identificarse como yo (sin éxito, claro), e intentaba "recuperar" una clave que nunca había sido de su propiedad. He de reconocer que me preocupé. ¿Qué pasaría si esa persona se ponía en contacto con el equipo técnico de Google Mail y lograba convencerles de que el recordatorio de contraseña no le estaba llegando a su dirección secundaria? Después de leer la ayuda de Google Mail al respecto, me tranquilicé: mi contraseña es segura, y ningún administrador daría acceso a una cuenta que, no sólo tenía movimiento, el tráfico normal de una cuenta de correo usada con regularidad, sino cuya cuenta secundaria funcionaba perfectamente. Al cabo de un tiempo, los intentos cesaron.

Cuando ya me había convencido de que mi tocaya había desistido de sus absurdos intentos, la historia se repitió. Pero esta vez, además de llegarme las solicitudes de recordatorio de contraseña, empezaron a llegarme correos electrónicos personales. Desde simples saludos a envíos con fotos, prácticas de la facultad, chistes, bromas, felicitaciones, recordatorios, citas... El surrealismo alcanzó su cota máxima cuando fui suscrita a varias listas de correo, entre ellas una de lo que parecía ser un colegio profesional de economistas uruguayos.

Jugué la carta de la buena ciudadana. Pacientemente, me dediqué a responder a todos esos correos perdidos, indicando amablemente que no estaban alcanzando el destinatario adecuado. Pedí por favor que corrigiesen sus listas de contactos. Solicité me eliminasen de aquellas listas de correo. Pero todo fue en vano. Como si estuviese hablando con una pared, todas mis protestas cayeron en saco roto. Seguí recibiendo los correos personales de una persona que, pese a llamarse igual que yo, no era yo. Pero, ¿qué más podía hacer?

Finalmente, me creé un filtro de spam. Fue mi último recurso, pero nada más había en mi mano. Ahora esos correos sobre los que intenté advertir a sus despreocupados remitentes van directamente a la carpeta basura de mi cliente de e-mail. Ignoro qué prejuicios causarán, qué disgustos conllevarán, qué malentendidos provocarán. Pero no tengo cargo de conciencia, hice todo cuanto estuvo en mi mano por arreglar una situación que yo no había generado. De cuando en vez algún nuevo remitente despistado aparece, pero el proceso de añadir la nueva información al filtro es ya automático en mí.

De modo que, si lees esto y lo identificas con algo que te ha pasado... quienquiera que seas, ¡¡deja de intentar robarme el e-mail!!

09 enero 2009

Tarjeta Millennium... o cómo viajar al milenio pasado (II)

Querido/a lector/a:

Si tiene usted la mala suerte de ser asiduo usuario del sistema público de transporte de A Coruña, trate bien su pomposa tarjeta Millennium. Cúidela como oro en paño. Mímela. No pregunte cómo, pero en circunstancias por determinar puede dejar de funcionar, y eso supondrá una engorrosa aventura en la que, le aseguro, no quiere embarcarse.

Para empezar, sin importar cómo la haya adquirido (ya sea respondiendo cómodamente a la carta del ayuntamiento que llegó a su domicilio, o bien personándose en las oficinas municipales de María Pita, del Fórum Metropolitano o de la estación de autobuses), el único lugar donde podrán solucionar cualquier contingencia técnica es la estación de autobuses. Allí, en las oficinas que quedan a mano izquierda (la que queda a mano derecha es sólo para entregar la Millennium a los universitarios a quienes se les concede beca de transporte), le atenderán de 8 a 14. Bueno... le atenderán siempre que consiga número, para lo cual sin duda le recomiendo madrugar. No sólo porque al filo del mediodía la máquina expendedora de tickets desaparece misteriosamente, sino porque, a modo de referencia, hoy a las 9:20 tuve que esperar aproximadamente una hora, detrás de los 31 números que me precedían, entre el 50 y el 81.

Llegada su vez, le entrará la duda de cuánto tendrá que esperar por su nueva tarjeta. No se apure, por la tarjeta no tendrá que esperar nada, le harán un duplicado al instante. Pero se equivoque, no son buenas noticias. Que le den una tarjeta nueva y reluciente no significará que pueda simplemente marcharse y usarla, ¿en qué está usted pensando? Verá, ingenuo/a lector/a, "los datos se transmiten por la noche", así que hasta el día siguiente no podrá usted hacer uso de la "llave de su ciudad" que rezan los eslóganes (ah, bueno, y si resulta que es viernes, pues hasta el lunes nada). Eso sí, recuerde que antes de volver a usarla, tendrá que cargarla, independientemente del saldo que tuviese usted acumulado en la inutilizada predecesora. Y es que el dinero le será transferido, sí, pero sólo después de 15 días, plazo tras el cual podrá personarse en cualquier oficina de Caixa Galicia para, con la hoja que le darán, impresa en blanco y negro, sin sello ni reseña oficial alguna, pedir que le reintegren lo que era suyo, añadiéndolo a lo que en ese momento tenga.

Como comprenderá ahora, no puedo sino reiterarme en mis recomendaciones sobre las atenciones extremas a su pequeño trocito de plástico.

Suya affma. y s.s.

Dicho esto, sólo me queda felicitar a A Coruña por superarse: no sólo tenían uno de los peores sistemas de transporte público que he visto en mi vida, sino que ahora han conseguido que el sistema de pago haya alcanzado cotas igual de nefastas. Congratulations!

08 enero 2009

Tarjeta Millennium... o cómo viajar al milenio pasado

Desde el pasado 1 de enero, los usuarios habituales del autobús urbano en A Coruña ya no pueden utilizar sus antiguas tarjetas monedero, que han sido sustituidas por la rimbombante tarjeta Millennium. Con el año nuevo, la tarjeta chip dejaba paso al RFID. Incautos, los siempre cándidos e inocentes, además de eternamente sufridos, usuarios del transporte público de la ciudad herculina, pensábamos que se acabarían los errores de lectura, los atascos subiendo al vehículo en los fríos y húmedos días de lluvia, los resignados conductores frotando los bonobuses antes de introducirlos una y otra vez en los lectores hasta que por fin se decidían a funcionar. La Millennium del nuevo milenio bastaba con acercarla a un pequeño lector, ¡qué maravilla!

Craso error. Las nuevas tarjetas no sólo fallan, igual que lo hacían sus predecesoras, sino que su más moderna tecnología ha traído consigo tanto más engorrosos problemas. Dirán que juzgo desde el prejuicio y la amargura, y será verdad, pero a mí me da que esta "moderna tecnología" es la más barata de su rango que pudieron encontrar, y claro, eso tiene sus consecuencias. Quien hubiese utilizado alguna vez este tipo de tarjetas que se activan con la proximidad, cada día más populares, se habría mosqueado las primeras veces que empleó la Millennium, pues cuando sus análogas pueden, en la gran mayoría de los casos, ser utilizadas pese a estar en compañía de otras, metidas en fundas, carteras o incluso bolsos (con la comodidad de no tener que buscarlas y/o extraerlas del lugar donde las guardamos), etc., la Millennium, muy exquisita ella, exige prácticamente el contacto físico con el receptor, y las más de las veces durante varios segundos. Con todo, ello se quedaría en anécdota de no ser por los inexplicables errores de funcionamiento, que sin previo aviso y sin remedio aparente, dejan la tarjeta básicamente inutilizable, al conductor con cara de circunstancias y al pasajero con semblante idiotizado.

¿La solución? Esta vez no vale frotar, sólo sacar la cartera y, cuando convenga, acudir en horario de 8 a 14 (aunque es recomendable que sea más bien próximo a las 8, pues es obligatorio coger número para ser atendido y en un determinado momento de la mañana, la máquina expendedora de tickets simplemente desaparece) a la estación de autobuses. ¿Y entretanto? Lo dicho, abonar religiosamente los 1'06 € a los que asciende, desde el mismo 1 de enero, el precio del billete simple.

No me lo digan, que ya me lo digo yo: tonta fui por no decir que viajaba sin efectivo y negarme a pagar el billete. Si todos los usuarios que se ven perjudicados de este mismo modo hiciésemos lo propio, ya procurarían invertir mejor los buenos dineros que nos dejamos en mejorar el pobre servicio que se nos proporciona a cambio de ellos. Eso sí, llámenme ilusa, pero pienso guardar todos los tickets que tenga que utilizar y reclamar que se me devuelva la diferencia de importe que debería haber abonado mientras no pueda acercarme a la estación a que me arreglen la dichosa tarjetita...

Si con estos resultados pretenden que éste sea nuestro "monedero municipal", me gustará ver quién es el valiente que se atreve a pagar, ya no la contribución, sino un mísero parquímetro con tan fiable medio...

01 enero 2009

Receta para "the best New Year's Eve ever" (reloaded)

Es increíble cómo pasa el tiempo, y al mismo tiempo parece que no pasa. Lo sé, no podría haber escogido frase más tópica para mi primer post del 2009, pero no lo digo por decir. Hoy hace tres años que escribí una entrada titulada Receta para "the best New Year's Eve ever". Exactamente 731 días después, esta madrugada recuperamos el espíritu de aquella noche con un éxito rotundo.

A la receta original, añadimos con grandioso acierto el Sing Star, y también una Wii (gentileza de parrulo, ¡muchas gracias! :-D). Ello, unido a una timba casera de póquer (con algunos problemas logísticos derivados de la utilización de lacasitos y conguitos como fichas -la banca tuvo que ser custodiada en determinados momentos de la noche para no quedarse sin fondos, y algunos jugadores llegaron literalmente a comerse sus ganancias en momentos de despiste-), hizo que nos diese el mediodía de este uno de enero sin apenas darnos cuenta. Tanto es así, que escribo estas líneas precisamente tras llegar a casa con poquísimo sueño, decidida a postergar mi paso por la cama hasta esta noche. ¡Feliz año nuevo!