22 marzo 2009

Facebook y el microblogging

En los días que corren, cuál más, cuál menos, raro es quien no haya oído hablar de Facebook. A grandes rasgos, se trata de yet another red social online, como muchas otras (Orkut, Hi5, Tuenti o MySpace, por citar algunas). Para ser más exactos, la que parece encontrarse ahora mismo en la cresta de la ola a este lado del Atlántico y de los Pirineos.

Recientemente, los mandamases de Facebook (que según la Wikipedia en inglés almacena los perfiles de más de 175 millones de usuarios), han realizado ciertos cambios en su apariencia que no parecen haber convencido a su masa social. Se dice que la intención que subyace al nuevo aspecto es la de potenciar aún más la popularidad de esta red atrayendo a los usuarios de Twitter, el máximo exponente de una variedad de comunicación virtual conocida como microblogging.

El fenómeno de las bitácoras (personales o no) también tuvo su apogeo hace ya algunos años. De todas las que nacieron en los primeros años del nuevo siglo (y milenio), muchas perecieron y algunas otras aparecieron para ocupar su lugar. Unas pocas ganaron renombre mundial, y la mayoría de usuarios habituales de la red tiene su puñado de ellas que visita con cierta regularidad, repartidos entre aquellos firmados por conocidos o amistades, los pertenecientes a desconocidos con intereses u opiniones similares, y los que simplemente resultan curiosos o hasta cierto punto útiles.

Crearse un blog propio es fácil; lo más complicado es mantenerlo vivo. Personalmente, los casos de más éxito que conozco presentan al menos uno de los siguientes tres rasgos: (i) tienen una temática específica muy concreta; (ii) su autor dispone de mucho tiempo libre; (iii) son mantenidos por más de una persona. Los que no encajan en esta clasificación suelen languidecer antes o después, o bien presentan un patrón de actualización harto irregular (como puede ser el caso de este mismo sitio, sin ir más lejos). Esta "problemática" desaparece con la filosofía del microblogging, consistente en compartir únicamente pequeñas descripciones, enlaces o contenidos, equivalentes en cierto modo a minientradas. Ante esta nueva perspectiva, ya no es necesario disponer de una temática específica que nos permita mantener un hilo conductor y nos sirva de inspiración, ni dedicar parte importante del ocio a hilar ideas, contar historias o exponer teorías.

Aunque todos los cambios de interfaz son en algún grado polémicos, personalmente opino que si el objetivo de Facebook era ganar en dinamismo, estará ahora más cerca de lograrlo que a través de los millones de inútiles aplicaciones y juegos que lo inundan. También creo que, si no está en la intención del usuario, ninguna interfaz del mundo le hará participar más de lo que esté dispuesto. Si este movimiento tendrá alguna repercusión en la popularidad de la citada red, me arriesgaría a decir que será más bien accidental que incidental. El tiempo siempre nos demuestra que es una moda la que desbanca a otra moda, no lo absurda o controvertida que sea cualquiera de ellas en sí misma. Y al final, ya se sabe que es mejor que se hable de algo, aunque sea mal, a que no se hable...

21 marzo 2009

Bugg en el Café Loca

Esta tarde, casi como colofón a mi estancia, me han llevado a bailar al Café Loca. En este local se organizan muchos fines de semana sesiones de salsa, merengue, bachata y otros bailes latinos. Esta tarde, sin embargo, antes de la sesión latina ha habido una clase de iniciación al bugg.

El bugg es un baile emparentado con el swing que parece haberse puesto muy de moda en Suecia en los últimos años. Los pasos básicos son muy sencillos, lo que permite adaptarlos a diferentes velocidades de música. Esto hace que distintas melodías se puedan bailar a ritmo de bugg, lo que probablemente sea uno de los motivos de su renovado éxito. Y esa misma sencillez fue la que me permitió seguir la clase sin problema, a pesar de transcurrir enteramente en sueco, por supuesto. Lo único realmente útil a la hora de entender algo eran los ocho primeros números (ett, två, tre, fyra, fem, sex, syv, åtta) y quizás izquierda (vänster) y derecha (höger). El resto... bueno, a veces es más fácil ver y copiar que escuchar y repetir.

Desgraciadamente, la clase (de apenas una hora) se ha hecho terriblemente corta, aunque para compensar han seguido tres horas de salsa. Obviamente, tratándose de aficionados, nadie se ha pasado tres horas seguidas bailando. Con un café como ambiente, no es difícil imaginar que la danza se intercalaba con períodos de descanso donde los asistentes reponían fuerzas con un zumo o un té, acompañados por alguno de los dulces traídos (y preparados) por los mismos presentes (y cuyo muy modesto precio, intuyo contribuye a la reserva del propio local). Aunque predominantemente jóvenes (la media de edad se situaría en torno a la treintena), había asistentes de muy variadas edades, y apostaría a que todos se lo pasaron igual de bien, y eso a pesar de (o quizás gracias a) que muchos de ellos llevan asistiendo incluso años.

Es una lástima que no haya en Coruña algún sitio similar, y que la única alternativa para pasar un rato divertido bailando sea en medio del humo y el tumulto de un pub o dejándose una pasta en unas clases de baile. ¿O estoy equivocada y alguien puede sacarme de mi error?

14 marzo 2009

Nieve en los zapatos

A una semana de que entre oficialmente la primavera (que, por otra parte, suele decidir por ella misma si hace caso a los mandatos del calendario o no), en Göteborg hemos tenido una señora nevada. Según los lugareños, no suele ser muy habitual, y menos ya tan entrado el año, pero el jueves pasado empezaron a caer copos alrededor de la una de la tarde y no se detuvieron hasta que anocheció. En unas pocas horas, más de diez centímetros de nieve se habían acumulado en algunas zonas. Y aunque las temperaturas juegan a saltar la comba de los cero grados, el blanco elemento aún persiste en algunos rincones de calles y jardines.

Obviamente, al no haberse repetido las precipitaciones desde entonces, lo que hoy se observa son como los restos de una fiesta que nadie ha limpiado aún. Retazos blancos que parecen de espuma, adornando los rincones por los que nadie pasa.

Nieve en Lindholmen Si lo pienso, aún me quedo embobada recordando cómo aceras y jardines se fueron cubriendo poco a poco, mientras lo que parecían miles de millones de luciérnagas blancas revoloteaban de aquí para allá, como resistiéndose a tocar cualquier superficie, conscientes de que quedarían atrapadas en el acto. Diferentes y únicas, todas ellas parecían sin embargo desafiar al unísono alguna ley de la física en su baile hacia el suelo. Volver a casa fue una aventura, que no negaré dió con mis glúteos en el níveo elemento en alguna ocasión (cosas de elegir el camino más accidentado en lugar del más largo), pero lo fascinante fue volver a salir a la mañana siguiente. La ciudad entera, cubierta por una inusitada luminosidad, parecía directamente sacada de una guía de viajes, una postal o una película. Los quitanieves habían cumplido diligentemente con su tarea de limpiar las calles, pero para mi sorpresa, ¡también las aceras! Pequeños caminos impecablemente delineados salvaguardaban la integridad de los madrugadores peatones, mientras los tejados, alféizares, farolas, arbustos y estatuas dormitaban bajo un espeso manto. Los desnudos árboles de oscura corteza parecían casi negros, con sus ramas perfiladas del mismo color que las nubes. El silencio de las calles menos concurridas, se rompía con el característico crujir de la nieve bajo el peso de los pasos de quienes, como yo, no se resistían a dejar su huella sobre ella.

Como quiera que no recuerdo la impresión que me causó ver el mar por primera vez (demasiado pequeña para eso, probablemente), la única estampa comparable que más reciente tengo en la retina data del fin de semana pasado cuando, apenas despuntada el alba, nos dirigíamos por carretera hacia la estación de esquí de Isaberg. Al contrario que Galicia o, si se prefiere, al igual que ocurre en Castilla, el interior de Suecia no se caracteriza por la dispersión de su población. Pueden pasar kilómetros y kilómetros sin que se vea una sola casa, que por supuesto no estará sola. Entre pueblo y pueblo, grandes extensiones de coníferas se alternan con campos, yermos en esta época del año. Y de vez en cuando, algún lago. Enormes y estáticos lagos... helados. La visión de un lago congelado es fascinante pues, en contra de lo que se pudiera pensar, la vasta extensión de hielo dista de ofrecer una panorámica uniforme. Luces y sombras se dibujan en la superficie, quizás revelando los lugares donde varía su grosor. Y aunque forzosamente inmóvil, el discurrir del viajero a su lado provoca en sus ojos una ilusión de dinamismo detenido, intensificado por la tonalidad de la escena, de quien se diría que alguien ha robado los colores, dejando únicamente un leve halo azulado que tiñe todo suavemente.

¡En fin! Lo que parece confirmarse es que mi bautismo de hace siete días se encargó de romper definitivamente mi gafe con la nieve :-)).

08 marzo 2009

Y por fin... ¡nieve!

Isaberg Este fin de semana he saldado con creces mi cuenta pendiente con la nieve. Y es que sumar casi tres meses de visita en la península escandinava y no haber visto el blanco elemento más que de refilón empezaba a tomar ciertos carices de gafe. Pero ayer no sólo viví una copiosa nevada, sino que tuve oportunidad de hacer mis pinitos sobre dos esquíes.

La cita fue en Isaberg, una pequeña estación de esquí situada a unos 130 kilómetros al oeste de Göteborg. Apenas a 308 metros sobre el nivel del mar, Isaberg es realmente una colina que destaca en la planicie que la rodea a medida que una se aproxima. Y pese a lo relativamente pequeño del lugar, cientos de personas se congregaron allí durante el día de ayer, para aprovechar lo que seguramente sería uno de los últimos fines de semana de la temporada realmente aptos para este deporte.

Aunque el día anterior ya me habían provisto de la ropa necesaria para la experiencia (fundamentalmente, pantalones impermeables que vestir sobre el chándal, una buena cazadora igualmente aislada y un par de buenos y resistentes guantes), lo primero que hizo falta al llegar a la estación fue guardar la larga cola frente al mostrador de alquiler de equipamiento. Curiosamente, Isaberg resulta ser un destino muy popular entre los daneses, que acuden en familia a pasar varios días en la zona, de modo que la heterogénea cola estaba formada por personas de diversas nacionalidades. Cuando por fin nos tocó el turno, seleccionamos nuestra talla adecuada de botas y el personal del lugar nos indicó los esquís más adecuados para nuestra altura (suelen ser aproximadamente de una longitud equivalente a la altura del hombro de la persona que los usará) y se encargó de ajustarlos a las botas y a nuestro peso. Un par de sticks (palos) y un casco, y ya estábamos listos para emprender la aventura.

La primera anécdota destacable consiste en que, bajo el peso de semejante tonelada de ropaje y equipamiento, no habíamos terminado de calzarnos las pesadísimas botas aún, después de transportar los nada ligeros esquís de un lado a otro, cuando ya habíamos entrado completamente en calor. La temperatura rondaba los cero grados, pero en ningún momento del día tuvo nadie sensación de frío alguna.

Ya pertrechados, llegó el momento de aprender a ponerse y quitarse los esquíes. Las botas de esquí, además de ser una pieza rígida destinada a proteger los tobillos, tienen una forma especial que las hace encajar en los anclajes de los esquís: para ello, se introduce primero la punta, y luego se hace fuerza hacia abajo con el talón, aprovechando el peso propio, hasta que un "clic" nos confirma que el conjunto se ha fijado. En esos primeros instantes, el uso de los palos de esquí resulta crucial para mantener el equilibro, y empezar a jugar a deslizar los pies hacia delante y hacia atrás.

Una vez cogimos una mínima seguridad, la siguiente lección consistió en aprender a andar con los esquís puestos, desplazando el peso de una a otra pierna alternativamente, y acompañando el movimiento con la inclinación del cuerpo hacia delante. Hasta ese momento, ningún problema. La tercera lección, sobrevino de manera natural, pues es realmente mínima la inclinación necesaria para que los esquís empiecen a deslizarse solos por la nieve. Sin saber aún cómo frenar, aprendimos casi por instinto la técnica más fácil del mundo: el piscinazo salvador. Sin envidiar nada a los jugadores de fútbol que se arrojan al suelo al más mínimo contacto con un contrario estando dentro del área rival, un sexto sentido dicta al esquiador novato que la manera más fácil, segura y eficaz de poner fin a un deslizamiento que cobra cada vez más velocidad o que se ha vuelto incontrolable, es sencilla y llanamente dejarse caer hacia un lado, yendo a parar a la blanda y esponjosa nieve. La acolchonada condición del suelo, junto con las capas y capas de ropa que se visten como protección, harán de la caída poco más que una caricia, salvaguardando al sujeto en cuestión de destinos mucho más peligrosos, como una colisión o una caída realmente severa.

Practicando estos rudimentos se nos pasó gran parte de la mañana, hasta que llegó el momento de hacer un descanso. Aprovechamos el intermedio para apuntarnos a las clases de grupos reducidos que el personal de la estación imparte a diario, de manera que los esquiadores ya expertos que nos acompañaban pudiesen realmente disfrutar del día sin tener que ejercer de niñeras de manera continuada. Así, tras reponer fuerzas con una comida ligera, allá nos fuimos al punto de encuentro, donde nos reunimos con Johan, quien sería nuestro instructor.

Pese a lo simpático que parecía (y en efecto resultó ser), lo primero que hizo Johan fue desatar el pánico entre los presentes al afirmar que no utilizaríamos los bastones durante la clase de dos horas que nos esperaba. El mismo pensamiento recorrió todas las mentes, ¿¡cómo demonios vamos a mantener el equilibrio sin bastones!? El profesor intentó convencernos de que, siendo principiantes, podían causarnos más daño que bien (si interferían en nuestros movimientos o caídas), pero ninguno se convenció realmente hasta un buen rato más tarde.

La clase comenzó con algunos pequeños consejos sobre cómo posicionarse sobre los esquís, con las rodillas ligeramente flexionadas y el cuerpo inclinado hacia delante. Para ayudarnos a vencer el miedo, que sólo jugaría en contra de nuestro desequilibrio, nos recomendó también colocar las manos hacia delante, cual boxeadores. Una vez bien posicionados, comenzamos a ascender por una ligera pendiente dando pequeños pasos de lado, es decir, colocados perpendicularmente a la ladera para no correr riesgo de deslizarnos ni hacia delante ni hacia atrás, nos desplazamos por ella hasta alcanzar la altura suficiente para poder realizar algunos descensos sencillísimos. Para ello, esta vez sí aprendimos a frenar, colocando los esquís en forma de V invertida según la perspectiva del esquiador. Abriendo el pico de la V (acercando los esquís a una posición paralela), por supuesto, se incrementa la velocidad; cerrándola (y aumentando su ángulo interno) se disminuye (gracias a la mayor superficie de esquí que se ofrece como resistencia al desplazamiento). Además, la disposición en V es también la adecuada para cambiar de posición mientras se está parado, dando pequeños pasitos laterales hasta orientar el pico de la V en la dirección en la que queremos desplazarnos.

Mas si ya resultaba poco natural el concepto de inclinarse hacia delante como elemento necesario para frenar cuando se adquiere velocidad, las instrucciones necesarias para girar a un lado y a otro no pueden recibir otro calificativo que contraintuitivas. Y es que, según aprendimos a continuación, una vez en movimiento, los giros a la derecha se consiguen desplazando el peso a la pierna izquierda, y viceversa. Como es fácil imaginar, del dicho al hecho hay un buen trecho, así que no queda más remedio que practicar, practicar y practicar.

La última parte de la clase comenzó con el ascenso en un elevador. Isaberg no tiene telesillas, sino simplemente unos elevadores que más que transportar, arrastran a los usuarios colina arriba. Un fuerte cable de acero gira sobre rieles suspendidos, y de él cuelgan una especie de rosetones que se toman y se colocan entre las piernas, manteniendo el cuerpo erguido. La resistencia ofrecida por las piernas será suficiente para que la persona se vea arrastrada por el elevador hasta la cima, lugar donde se suelta el rosetón y se abandona la línea de subida, para evitar colisionar con el siguiente esquiador. Una vez arriba del todo, el objetivo era descender toda la colina realizando amplias eses, para mantener la velocidad reducida. Los alumnos más aventajados fueron capaces de realizarlo por sí mismos, y para los más miedosos, el profesor se situó de espaldas a nosotros con un bastón de esquí en la mano, listo para que lo agarrásemos cada vez que nos salíamos del curso esperado o tomábamos demasiada velocidad.

Ni qué decir tiene que las dos horas se pasaron en un suspiro, de manera que cuando quisimos darnos cuenta apenas quedaba una hora para el cierre de la estación. Aunque engañosamente activos, las fuerzas empezaron a pasarnos factura después del emocionante día, así que prudentemente decidimos retirarnos con el buen sabor de boca de haber jugado un digno papel de principiantes y no haber sufrido ningún percance. Eso sí, ¡aún no sabíamos las tremendas agujetas que nos esperaban al día siguiente!

Como siempre, algunas fotos del lugar en Flickr.

02 marzo 2009

La vencida

Después de casi un mes de ausencia bloguera reaparezco, pero no por las lagunas del Ruidera como el Guadiana, sino bastante más al norte: una vez más, en Göteborg, donde con una estancia de tres semanas espero completar por fin el total de tres meses de visita en una universidad europea necesarios para poder optar a la mención de doctor europeo el día que lea mi tesis.

Desgraciadamente, el ánimo de mi viaje no ha sido todo lo alegre que me hubiera gustado, y no porque haya sufrido ningún incidente (antes al contrario, pues pese a alguna conexión realmente ajustada de tiempo tanto yo como mi equipaje llegamos sanos, salvos y al mismo tiempo), sino por el panorama político que dejo a mis espaldas en Galicia. Pues va a resultar que, de tanto viajar, ya no conozco el sitio en el que vivo. Un lugar en el que la mayor afluencia a las urnas que se registra desemboca en la mayoría absoluta de un partido de derechas. Si alguien tiene un análisis sociopolítico que exponer que pueda sacarme de mi incredulidad, estaré encantada de leerlo.