14 junio 2009

Patrullas ciudadanas

En los inicios de este nuevo milenio, parece que nos encaminamos inexorablemente hacia un extremismo social difícilmente sostenible. La bipolarización global, cada vez más patente, no se manifiesta únicamente en la paulatina reducción de opciones políticas, sino en la propia actitud cotidiana de los ciudadanos. En la esquina de la izquierda parece instalada una improductiva mezcla de resignación, decepción, desencanto, escepticismo y pesimismo. En la esquina opuesta, la radicalización, el enardecimiento y exaltación de valores altamente cuestionables ponen en tela de juicio la conciencia humana de muchos.

Esta reflexión viene a cuento de un tema candete en la vecina Italia, donde el fenómeno de las patrullas ciudadanas cuenta ya con más de 2000 "voluntarios". Hoy mismo Il Corrire della Sera se hace eco (y otros diarios traducen) de la presentación de su uniforme oficial, que ha despertado fantasmas de hace casi un siglo. Sin embargo, el fenómeno no es ni medianamente lejano, pues esta misma semana la prensa coruñesa publicaba la contundente respuesta del ayuntamiento ante la insinuación de iniciativas similares en la urbe herculina.

Y es que si es peligroso que los ciudadanos se desentiendan de su papel en el engranaje democrático (por muchos fallos que éste pueda tener, es el mecanismo que hay, y quedarse en casa no es la forma de mejorarlo), mucho más lo es que decidan fabricar su propio mecanismo justiciero. No puedo ni empezar a enumerar la cantidad de barbaridades que pueden surgir de tales brigadas que, seamos serios, no se van a dedicar a ayudar a las viejecitas a cruzar la calle ni a orientar a turistas extraviados. De esta dicotomía entre el pataleo desde el sofá y los vengadores callejeros, no podemos salir bien parados.